La felicidad es estática y los accidentes que nos separan de ella son, por excelencia, el material de la narrativa. Que tengas una vida interesante, editado recientemente por Emecé, no es una expresión de deseo, tampoco una maldición. Es una recopilación de cuentos en los que la búsqueda de la felicidad es un sinuoso y arduo camino. Sobre esta idea, otros aspectos del libro y su extensa obra, así como sobre el estado actual de la literatura argentina y la industria editorial, reflexiona Ana María Shua, la prestigiosa autora argentina ganadora de la Beca Guggenheim en 1993, y cuya obra fue traducida a diversos idiomas.
¿Sería una disyuntiva, preferir una vida interesante o una feliz?
Prefiero una vida feliz y monótona que una llena de desventuras y fascinante para escribir una novela. El título es una declaración acerca de la narrativa, acerca de cuál es el material narrativo: la desdicha. La desdicha ajena siempre es interesantísima, por algo los noticieros se regodean en las catástrofes. Las buenas noticias no son interesantes y, asimismo, es muy difícil escribir una buena historia acerca de la felicidad de alguien. Sucede que la desdicha tiene extensión en el tiempo y la felicidad es un instante: tristeza não tem fim. Para la felicidad está la lírica, la poesía sí puede cantar la felicidad. En cambio, una novela donde el personaje fuera todo el tiempo feliz, sería absolutamente intolerable, no hay nada que contar. De allí el problema que tuvo Dante con el Paraíso; todo el mundo recuerda el Infierno y nadie el Paraíso porque no es interesante. En el Paraíso falta el deseo; el problema de la felicidad es la completud. La perfección misma hace que falte el deseo y la esperanza, no hay razones para moverse, es estática.
¿La felicidad es, en algún punto, una forma de muerte?
En algún punto es una forma de muerte, sí.
¿Y algunos escritores podrían perseguir la desgracia para su propia vida?
En absoluto, porque uno no necesariamente cuenta su vida. Puede tener una vida feliz y dedicarse a contar desgracias del prójimo. Aunque sí es cierto que en este libro hay elementos autobiográficos en todos los cuentos. Uno solo es completamente autobiográfico, “Días de pesca”, sobre la muerte de mi padre.
¿Reconoce una tendencia hacia lo autobiográfico en la literatura argentina actual?
Sí, también en el cine argentino. Muchos jóvenes escritores y cineastas cuentan su vida. Pero a mí no me interesa demasiado el tema de las tendencias, porque dentro de la misma tendencia puede haber alguien que lo haga maravillosamente y otro que sea un desastre. Esta tendencia autobiográfica provoca algunas catástrofes. Uno está un poquito harto de ver y leer a personajes que no saben qué hacer con su vida y van de acá para allá, en un estado entre depresivo e indiferente, ni siquiera lo bastante desdichado como para llegar a ser interesante. Pero con ese mismo material se pueden hacer cosas altísimas. ¿Henry Miller qué hizo? Contó su vida.
¿Se le ocurre algún motivo para esta tendencia?
Creo que es la profunda influencia que tuvieron aquí los minimalistas norteamericanos. En parte, también tiene que ver, particularmente en el cine, con la pobreza de medios; es más fácil hacer una película chiquita sobre una vida donde no pasa mucho.
En casi todos los cuentos aparece el cuerpo como un territorio problemático, ¿por qué?
En toda mi obra; en las novelas me pasa lo mismo. Cuando escribí mi primera novela, Soy paciente, que sucedía en un hospital donde un hombre entraba para hacerse análisis pero lo atrapaba la maraña burocrática y se quedaba a vivir ahí, creí que era por casualidad que escribía eso, porque tenía un amigo al que le estaba pasando algo parecido y me dio la idea de la novela y que podría haber escrito cualquier otra cosa. Y era mentira: después, con los años, volví una y otra vez sobre el tema de la enfermedad, el cuerpo, los hospitales. Se ve que hay algo ahí que me resulta fascinante en cuanto a posibilidad narrativa. Siempre me gustaron las novelas de aventuras y también me gusta trabajar sobre la gente común y corriente de todos los días. Me parece que, para la gente común y corriente, hay dos aventuras universales, que son la enfermedad y el amor. A mí me interesa más la enfermedad.
Y la muerte, ¿sí o sí es “el” motor narrativo por excelencia?
Es el tema del arte. Creo que el ser humano no nació para morir. La muerte es absurda siempre. Es muy común que la gente diga que alguien murió de manera absurda, pero no hay manera normal, siempre es intolerable y absurdo. Es muy interesante cuando uno estudia las diversas cosmogonías de distintas culturas -cosa que hice mucho porque he investigado y escrito sobre cuentos populares y mitos-, que en la mayoría de los relatos sobre el origen del hombre, el hombre nace inmortal. Y sólo porque algo sucede, un error, un pecado, una mentira, un tropezón, el hombre pierde su inmortalidad. El hombre es el único animal en el mundo que sabe que se va a morir, y tiene que olvidarse de eso parcialmente para poder vivir. Porque si uno tiene demasiado cercana y presente la certeza de su muerte, la vida deja de tener sentido. Hay un cuento muy lindo del Talmud donde los gusanos se quejan de que los hombres están todo el tiempo pensando en la muerte y no comen, están siempre deprimidos y muy flacos, por lo que después los gusanos no tienen que comer. Entonces, Dios inventa el dinero: los hombres dejan de pensar en la muerte para pasar a pensar en el dinero. En la cotidianidad, todos soslayamos el tema de la muerte, pero en el arte se hace presente. Por otra parte, creo que la fuente máxima de desdicha es el paso del tiempo, el envejecimiento y la muerte.
Suena a tema tanguero, melancolía estructural. ¿Cree que hay literatura tanguera?
No sé, no lo he pensado. Creo que sí. Sin hablar de tango, casi toda la buena literatura tiene ese clima.
Sin embargo, la escritura y la lectura son actos muy vitales.
Sí, son actos vitalistas. Y está esa fascinación por la idea de la posteridad. Es raro, porque lo único claro es que nos vamos a morir, pero parecería que uno quiere cierta garantía de posteridad mientras está vivo. En el punto más secreto de su corazón, porque no es algo para andar diciendo públicamente, uno quisiera ocupar un lugar importante en la literatura argentina dentro de tres o de diez generaciones. Sin embargo, tengo la clara noción de que dentro de diez generaciones no voy a estar y no me voy a enterar.
Respecto de la presencia de los libros y el estado de la lectura, ¿usted es alarmista, es optimista?
Me parece que cada vez se lee más, que la industria del libro nunca estuvo tan pimpante y rozagante como está en este momento. Constantemente masas de ex analfabetos se van incorporando a la lectura y se venden muchos libros. En relación con la enorme cantidad de libros que se venden, pocos son de alta literatura de ficción, pero siempre fueron pequeños grupos los interesados por la alta literatura. Después, hay otro tema, que es el temor acerca de la desaparición del libro en papel por soportes tecnológicos. No me asusta un cambio de soporte. También el libro, como nosotros lo conocemos, habrá despertado reacciones en los defensores del rollo. A lo mejor, las generaciones más jóvenes pasen a leer libros electrónicos, pero no veo el problema. De todos modos, lo más probable es que coexistan, contra el temor de reemplazo total. Si ves películas de ciencia ficción de los cuarenta y cincuenta, siempre mostraban novedades que reemplazaban a las anteriores. En realidad, las tarjetas de crédito coexisten con el dinero de papel; la televisión, con la radio; el cine, con el teatro; y, asimismo, creo que el libro de papel seguirá existiendo.