Actualizado: 23:26 - Martes 09.03.2010
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Griselda Gambaro: “La escritura es mi manera de ser”
Por Agustín J. Valle Es una de las dramaturgas más importantes del país. Acaba de reeditar Una felicidad con menos pena, que fue mención especial del concurso de novela Primera Plana-Sudamericana y fue publicada por primera vez en 1968. A los ochenta años, fuma sin temor a perjudicar su salud y está preocupada por que su narrativa esté por encima de su obra teatral.
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En el barrio de Don Bosco, partido de Quilmes, una zona residencial con mucho verde, vive la acaso mayor dramaturga argentina desde hace cincuenta años con su marido. Ciudadana ilustre de Buenos Aires y premio Municipal de Literatura (entre varios otros), a los ochenta años Gambaro muestra una energía notable como anfitriona y como conversadora; fuma cigarrillos como si estuviera exceptuada de sus efectos perniciosos. Y muestra, apoyada en la reedición que acaba de hacer Norma de su novela Una felicidad con menos pena (ver recuadro), una preocupación por que su obra teatral no eclipse a la narrativa: “Es que el teatro da más notoriedad. Y yo, tan ocupada en mi trabajo, descuidé bastante mi narrativa en cuanto a su promoción. Recién cuando empecé a publicar mi obra en Norma comenzó a haber mayor consideración por mi narrativa, sobre todo, por la publicación de El mar que nos trajo, que tuvo bastante difusión”.

¿Siente cierta deuda hacia su obra narrativa?
Sí, creo que sí. Porque tuvo un lugar importante en mi vida, me ha tomado más tiempo de elaboración que mis obras de teatro, más años. Pero siempre presionada por el trabajo, obras que se iban estrenando, descuidé ese material. Muchas veces, tardé años en publicar novelas por no llevarlas a editoriales.
De hecho, empezó publicando narrativa…
Sí, un libro con tres novelas cortas, Madrigal en ciudad.
¿Pero no había publicado antes un libro de cuentos?
Ah, sí, pero ése quiero tirarlo, no quiero mencionarlo porque es un pecado de juventud. Es muy delicada la búsqueda del propio tono de voz; siento que lo encontré en Madrigal, y todavía en ese libro me reconozco malamente. Por lo general, en los primeros textos está más uno mismo que los personajes.
A lo largo de su carrera, ¿ha sentido la pertenencia generacional como algo orientador?
No, creo que es un dato, no más que eso. En dramaturgia, pertenezco a la generación de Tito Cossa, Ricardo Halac, Tato Pavlovsky. Hemos vivido circunstancias comunes, pero no creo que tenga una particular importancia literaria. Siempre hay distintas tendencias y formas de concebir el teatro.
Y en los sesenta y setenta, ¿qué discursos de referencia eran sus interlocutores? Suele pensarse que todo giraba en torno del peronismo o del guevarismo.
Bueno, a mí, por estrenar en el Di Tella, me castigaban, me ubicaban en la derecha por eso. De todas maneras, no puedo dar una respuesta exacta. La vida siempre te aboca a distintas preocupaciones, de repente, necesidades familiares te hacen prestarle menos atención a los sucesos políticos, o tenés una obra entre manos que se toma toda tu concentración. Entonces, no siempre un autor es una resonancia de lo que se considera su tiempo. Por supuesto que en aquellos años se produjo el Cordobazo, La noche de los bastones largos, pero me costaría mucho dar una apreciación general de qué movimientos eran los interlocutores de nuestro trabajo creativo, porque se cruzaban muchas dimensiones. Recuerdo el gobierno de Arturo Frondizi, el de Arturo Illia, pero recuerdo más otras preocupaciones, mis hijos chicos, la búsqueda de mi propio camino en la literatura.
Luego, durante la dictadura, usted participó de Teatro Abierto, y varias veces ha expresado que esa experiencia tenía en común un problema político y no afinidades estéticas, ¿ahí sí que se imponía la coyuntura como referencia obligada?
Es que se vivía una situación donde la dictadura pretendía silenciar todas las voces. Entonces, Osvaldo Dragún tuvo la idea, aunque también estaba Cossa, Carlos Gorostiza, de dar una contestación teatral a las condiciones de la represión, abriéndose a la sociedad. Yo ya había regresado del exilio en España, donde había ido después de que Videla prohibiera mi novela Ganarse la muerte. Volví porque la dictadura mostraba deterioro. Pero, a diferencia de la mayoría de quienes participaron, no escribí mi obra Decir sí especialmente para Teatro Abierto, es anterior, creo que la había escrito en el 74.
¿Estuvo bien que terminara Teatro Abierto con el retorno democrático?
Siempre fui una persona bastante aislada, por distintos motivos. Y participé solamente en el primer Teatro Abierto. El segundo se hizo por concurso, y te voy a confesar que mandé una obra y no resultó seleccionada, se llamaba El despojamiento. Después, ya no intervine. Pero más allá de esto, en mi criterio, cuando se desarmó ya había cumplido su objetivo. Una vez en democracia, cambiaban las motivaciones y era difícil encontrar alguna, aglutinante, con la misma fuerza. Fue una experiencia realmente valiosa, significativa.
¿Fue el momento que usted recuerde de mayor intervención política del teatro?
Creo que sí. Pero te repito, siempre estuve algo apartada, por motivos personales, familiares, domésticos, por vivir lejos del centro. Creo que no intervine directamente en la vida cultural. Tal vez, a través de mis obras.
¿Hubo un momento en el que, dándole crédito a lo que dicen los demás, usted haya sentido “me han consagrado”?
No, Dios me libre. Dios me libre. Creo que, a veces, la gente tiene ideas equivocadas sobre este trabajo. El que escribe está mucho con los pies sobre la tierra. Uno está siempre en soledad frente al papel en blanco o la computadora, no hay una multitud aclamándonos o diciéndonos lisonjas en los oídos. Hay silencio y soledad, y ahí la lucha es personal.
¿Hay un sufrimiento vinculado a la instancia creativa?
No creo que haya un sufrimiento, en todo caso diría que hay una conciencia de los sufrimientos ajenos. No hay más inclinación hacia la alegría o la tristeza que la que pida el texto hacia el drama o la comedia.
Pero en este libro, por ejemplo, hay un muestreo de miserias humanas, como un alerta sobre cierta ambigüedad moral. ¿Se escribe con los pies en el barro, más que en la tierra?
No sé si el texto es un alerta, en todo caso, no es deliberado; lo que sí sé es que yo debo estar alerta. Mi esperanza es que lo que escriba sea un material atento a la coyuntura del mundo. Ser autorreferencial no sirve, por lo menos en mi literatura.
Respecto de la diferencia de géneros, ¿en función de qué cuestión una idea le resulta teatral o narrativa?
Uno sabe apenas aparece. El primer cabo de la historia ya indica el género, la primera frase lo instala. Por ahí, en mi juventud dudé un poco. Siempre recuerdo que Los siameses empezó como novela, pero, después de diez páginas, me di cuenta de que no.
¿Y se instalan con otra temporalidad de escritura?
Sí. Pienso el teatro mucho antes y lo escribo más o menos rápidamente. En cambio, una novela lleva mucho más tiempo, es un trabajo mucho más introspectivo y lento, corrijo mucho.
¿Y ahora? ¿Está embarcada en algún proyecto literario?
Me parece importante dejarse llevar, nunca tengo planes a priori. Hay que aprender a escucharse a sí mismo. Ahora, estuve escribiendo unos cuentos, unos textos, pero nunca sé a dónde voy, espero. Como he escrito tanto, no sé si todavía escribiré o no. Pero eso desde los veinte años que me lo vengo preguntando, si se me ocurrirá otra obra o no.
Esa duda, ¿qué textura anímica tiene?
Creo que no se puede pasar de una novela a otra y a otra más, inmediatamente. Por lo menos, yo; acaso haya algunos que ya tienen planificado qué escribir después, para poder soportar el vacío que deja terminar una novela. Tengo ciclos y no me persigo para escribir. Creo que la necesidad es muy importante, que haya una necesidad de decir lo que se va a decir. Pero bueno, tengo una obra considerable, tal vez, eso ayude a que la ansiedad sea hoy menor; en verdad, nunca he estado ansiosa, sí desasosegada, en los momentos de búsqueda y espera. Porque mi vida está muy unida a la literatura, la escritura es mi manera de ser y, cuando me falta, pierdo carnadura.


Cuarenta años después
El narrador de Una felicidad con menos pena es un linyera, invitado por un hombre con “la bondad retratada en la cara” a vivir con él en su mansión. El albergue empieza a crecer en invitados, pero la generosidad está motorizada por el cálculo más mezquino. Mención especial del concurso de novela Primera Plana-Sudamericana, fue publicada por primera vez en 1968; así recuerda Gambaro algunos de sus efectos: “En aquella época, todo estaba muy contaminado por la pasión política. Entonces, como yo había estrenado El desatino en el Di Tella, creían que era de lo que se llamaba la derecha, por lo que la leían con prejuicio. Aparte, esta novela estaba muy fuera del canon de la época, de lo que se acostumbraba a escribir, eran tiempos de Beatriz Guido, Marta Lynch, Juan José Manauta, Augusto Roa Bastos”.
Pero tampoco es que esta novela esté sustraída de la conciencia de la composición clasista de la sociedad, ¿no?
Está la ferocidad del poder, el dar mentidamente, el egoísmo feroz bajo pátina de bondad. Pero así como tuvo festejos fervorosos, hubo críticas muy duras; Miguel Briante, por ejemplo, me hizo una crítica muy terrible, muy enconada. Para empezar, en vez de hacerlo figurar como “reseña”, ponía una especie de volanta que decía “adaptaciones”, porque decía que me había copiado de todo el mundo, empezando por Julio Cortázar. Pero después fue muy simpático y cordial, vino años más tarde a hacerme una entrevista y se disculpó, me dijo que la había leído mal. Ahora, hace rato que no leo críticas peyorativas a mis libros, entonces, un poco desconfío y un poco me alegro.
¿Desconfía por tanto consenso?
Claro, hay que desconfiar. Un poco me agrada y otro poco me hace desconfiar. Uno no puede agradar a todos. Aquel tipo de crítica ha desa-parecido, hoy los críticos toman menos riesgo de equivocarse.
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