El 25 de junio de 1994, Diego Maradona dio “positivo” en el control antidoping y fue descalificado por la FIFA del Mundial de Estados Unidos. Esa noche, en su programa radial Demasiado tarde para lágrimas, Alejandro Dolina decía el siguiente monólogo. Su pertinencia para algunas de las cosas que se escucharon esta semana, sorprende.
El sueño del regreso del Diego era, para este que habla, un sueño mucho más grande que un sueño futbolístico. Creía ver, en el regreso de este chico, al que he admirado tanto y querido tanto como jugador de fútbol y también como persona, uno de los contadísimos éxitos que el hombre tiene frente al tiempo, frente a la muerte, frente a la maldad y frente a la mezquindad. En general, el tiempo siempre vence. La muerte prevalece, la mezquindad triunfa y las sencillas virtudes, más tarde o más temprano, suelen quedar sepultadas.
Recuerdo a Rubén Darío en esa línea, vencedor de la muerte. Vencedor del tiempo, vencedor de la maledicencia, vencedor de su propia equivocación, volvía Diego Maradona. Y, al margen de que a uno lo ponga contento que un tipo con la diez celeste y blanca juegue bien, había más. Había más.
Había ese deportista que había sido vapuleado por una sociedad hipócrita que lo señaló como un delincuente. Siendo que, en ese mismo círculo que lo señalaba a él como delincuente, se verificaban las mismas costumbres que le enrostraban a Diego, con una hipocresía impresionante.
Ciertos periodistas, pensadores -y mediocres en general- atacaron a Diego. Se pusieron paternalistas con Diego, empezaron a darle consejos a Diego, empezaron a negar o a lamentarse de que Diego fuera ejemplo para muchos jóvenes.
Al respecto, debería decir lo siguiente, lo he dicho otras veces pero vale decirlo ahora: yo creo que sí es ejemplo. Es ejemplo en un mundo, pero particularmente en un país, donde la aspiración de las personas es obtener un cuatro para poder seguir adelante. Es decir, entregar lo menos posible para recibir lo más posible. Negar la excelencia como si fuera obsesiva y demencial, para conformarse con la mediocridad que permite zafar, como suele decirse. En un mundo que aspira a un cuatro, Diego era el diez. Y en ese sentido es, sigue siendo, un ejemplo para los chicos. Un paradigma, porque les muestra que a veces es deseable ser el mejor de todos.
Y, aunque no se consiga serlo, vale la pena la lucha para ver si uno lo logra.
Ningún deportista del mundo fue tan perseguido. Jugador de fútbol suspendido por un año en el ápice mismo de su carrera, siendo el mejor de todos. Una carrera que, como todos sabemos, lugar común mediante, tópico mediante, es breve.
Diego tomó la posición más incómoda. Se situó en el centro mismo de la incomodidad. Muy fácil hubiera sido para él hacer como, digamos, Pelé. Hacerse amigo de los poderosos, hacerse patrocinar, marchar por las avenidas centrales de los manyaorejas. Y no lo hizo así.
Muchos no le perdonaron su origen. He escuchado muchas veces, durante el año de su suspensión: “¿Y qué querés con ese negrito villero?”. No le perdonaron su origen. Tampoco se lo perdonaron a José María Gatica. Y a otros que desde muy, muy abajo llegaron muy arriba por su talento y sin ser alcahuetes de nadie. Ningún deportista padeció trauma semejante.
Alcanzó a volver. Fue atacado. Fue empujado hacia la equivocación, incluso.
Pero, ¿por qué? Los medios de comunicación, el mundo éste en que vivimos, suelen obligar a los luchadores quijotescos y solitarios a jugar el juego que todos juegan. Y entonces, ¿cuál es el juego que todos juegan? El juego de los medios de comunicación, el juego del retruque, el juego de saber que Sócrates no escribió ningún libro, el juego de no comerse las eses, el juego de una cierta elegancia. Y a ese juego juegan muy bien quienes el mundo manejan. Y Diego jugó a ese juego. Claro, al otro, al juego de él, era muy difícil ganarle. No he visto ningún periodista que lo desafiara a hacer jueguito con la pelota, pero sí he visto periodistas que lo desafiaban a hablar, a una polémica.
No encontraron la complacencia, el beneplácito y la complicidad que suelen tener a veces los que llegan desde muy abajo y que encuentran cómoda la alianza con los poderosos. No la hallaron en Diego.
A todo esto se sobrepuso Diego. Y este regreso era casi un milagro. Era un milagro. El milagro del héroe que vuelve del infierno. Teseo rescatado de los infiernos. El novio que espera a la princesa que está triste. Y entonces sucede este episodio absurdo. Por eso mi tristeza y por eso el desengaño.
No la tristeza del hincha de fútbol que dice: “Uy, nos sacaron el mejor”. Ésa sería una tristeza chiquita. No. La tristeza de un criollo que vio cómo un chico de Fiorito -el mejor jugador que yo haya visto nunca- pudo sobreponerse a los miserables y ver cómo, para alegría de tales miserables que seguramente ahora estarán llenándose la boca con reconvenciones legalistas y cosas por el estilo, para alegría de ellos, ese sueño se frustró.
Estoy muy triste. He llorado. No por el fútbol, yo desde los once años que no lloro por el fútbol. Lloro por una estética y por una ética que vuelve a ser pisoteada por los mediocres.
Decía hace poco, quizá exagerando mis sentimientos, algo que es verdadero: más deseo tenía yo de ver campeón a Diego que de ver campeón a la Argentina.
Y dije otra cosa también: a la hora de poner las manos en el fuego, el buen amigo habrá de ponerlas aun cuando sepa que es posible quemarse. Porque las manos en el fuego con la seguridad de no sufrir quemaduras las pone cualquiera. El verdadero amigo es el que pone las manos en el fuego aun cuando sabe que se va a quemar.
Y si Dieguito Maradona, que tantas alegrías nos ha dado, no merece que hoy nosotros pongamos las manos en el fuego aun cuando las saquemos quemadas, pues entonces yo no entiendo nada.
Ni de fóbal, ni tampoco, lo que es peor, de la vida.