Actualizado: 23:26 - Martes 09.03.2010
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Julio Godio: “Es un fallo impracticable”
Por Néstor Leone Especialista en cuestiones laborales y agudo observador de la realidad política argentina, analiza los alcances del fallo de la Corte Suprema sobre el mundo sindical. Además, presenta las principales líneas argumentales de su nuevo libro, El tiempo de CFK, editado por Corregidor y escrito en coautoría con el abogado laboralista Alberto Robles.
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Qué cambia en el mundo sindical una determinación como la que tomó la Corte?
Es un fallo que no atiende al problema real planteado. Está pensado ideológicamente, de cara a una supuesta libertad sindical que no es tal. ¿Qué es promover la libertad sindical, en este caso? ¿Que se atomice el movimiento sindical? Eso no es ninguna libertad. El fallo debería haber ido en otra dirección: la de estimular la unicidad sindical del sector público, promoviendo la creación de cuerpos de delegados unificados, que respondan a todos los trabajadores de una unidad productiva y a evitar conflictos de convocatoria.

No está de acuerdo con el espíritu del fallo, entonces.
Ni con el espíritu ni con lo que puede traer como consecuencia. Además, el fallo no tiene en cuenta otra cosa: que hubo una resolución del Gobierno, después de asumir el presidente Néstor Kirchner, que permitió a la ATE (Asociación Trabajadores del Estado) elegir los delegados. Entonces, me parece que el fallo omite el problema de fondo, que es el de estimular la unicidad sindical en el sector público, y puede producir la anarquía.  

Con este fallo, ¿se pierde poder de negociación, como alega la CGT, o se gana en representatividad, como dice la CTA?
Es un fallo embrollado que es impracticable. Imagínese qué pasaría si se lo llevara al sector privado: se podría crear en cada empresa tres o cuatro cuerpos de delegados, lo que va a generar, entre otras cosas, una resistencia feroz de parte de los empresarios. En este sentido, la CGT tiene razón.

Un fallo como éste, ¿permitiría el reconocimiento de la personería gremial de la CTA?
Este fallo no se refiere a la CTA. Además, la CTA ya ha sido reconocida como central; entonces, no veo por qué seguir insistiendo con algo que se ha producido.

No es el reconocimiento formal que viene solicitando históricamente.
La CTA ya participa en todas las instancias de negociaciones tripartitas. Participa y firma esas instancias. Ya, de facto, tiene la personería.

Entre las posturas a favor del fallo, se sostiene que, de esta forma, se reduce la burocracia anquilosada, el verticalismo y se depura la estructura sindical. ¿No es así?
La disminución de la burocracia, por lo menos de aquello a lo que se le da una connotación negativa, no se va a lograr con este fallo. En la práctica, y respecto del sector público, puede haber varios sindicatos, pero tiene que haber un solo cuerpo de delegados. 

¿Y respecto del sector privado?
No está planteado en este fallo. Y no quiero hablar de lo que no está.

¿Se puede extrapolar?
Sí, potencialmente sí, pero habría que cambiar la legislación argentina de una forma muy compleja. Así como está, el fallo tiende a crear confusión. Y a quien más perjudica es al Gobierno, seguramente sin quererlo. Le crea una situación de confusión donde no debería haberla, existiendo una resolución como la 255, dictada hace cuatro años, que permite la elección de los delegados.

En su último libro, El tiempo de CFK, describe los nuevos realineamientos político-sindicales de los últimos años. ¿Qué puede pasar con esto? ¿Cómo puede influir?
Creo que no va a tener gran influencia en cuanto al desarrollo real del fortalecimiento de algo que sí está en camino: los cuerpos de delegados como representantes de la totalidad de una unidad productiva dada.

¿Y en términos políticos?
No creo que tenga mayor incidencia. Esperemos que así sea.


En el libro usted aborda la cuestión sindical, pero dentro de un marco mucho más amplio. ¿Qué primera evaluación debe hacerse del “tiempo de CFK”, al que refiere el título?
El triunfo electoral de Cristina coronó los logros del kirchnerismo desde el punto de vista económico y también político. Pero, sobre todo, mostró que la mayoría de la sociedad estaba dispuesta a apoyar el curso de lo que yo llamo nacionalismo-desarrollista. Ahora bien, ese triunfo implicaba, también, ingresar en una nueva etapa, en la que lo importante era dotar de mayor institucionalidad al proceso político que se había abierto en 2003 y que había iniciado una especie de “revolución desde arriba”, con iniciativas económicas, políticas, sociales y laborales acorde a los nuevos tiempos. Estas iniciativas habían contado con el apoyo de la sociedad, pero esa sociedad no había podido contar con herramientas político-institucionales aptas para participar en forma activa en la reafirmación de ese programa. Fue eso lo que debía aportar el gobierno de Cristina. 

¿Cómo abordar, entonces, el concepto gramsciano de “revolución desde arriba” en este nuevo contexto? ¿Se puede extender a la gestión de Cristina?
Me parece que el gobierno de Cristina, recién ahora, con la iniciativa de desarticular el régimen de las AFJP y restablecer el régimen de reparto como régimen dominante, retoma el concepto. Esta medida se corresponde con la necesidad de organizar los mercados, en este caso, el mercado del trabajo. Y, en esta nueva etapa, la clave principal es ésa: concretar las políticas que Cristina Kirchner esbozó cuando habló de pacto social sectorial. Lamentablemente, como se ve en el libro, esto se oscureció por la confrontación que se dio con las organizaciones rurales, muy prematuro y en forma improvisada desde el punto de vista político, por parte del Gobierno. Ahí se produjo un retroceso que ahora se intenta revertir, pero en un contexto internacional más complejo.

¿Es posible reflotar ese pacto social en ciernes?
Sí, pero solamente en la medida en que prevalezcan los pactos sociales sectoriales. Hay que organizar mercados estratégicos, por ejemplo, sobre la base de acuerdos entre empresarios y sindicatos para garantizar la doble relación entre la mejor performance de las empresas y el mantenimiento de los derechos de los trabajadores. Me da la sensación de que, cualquier intento de restablecer pactos superestructurales, va a estar sometido a presiones muy fuertes y es un riesgo repetir acuerdos abstractos. Al mismo tiempo, hay que tener en claro que hay un actor importante que está en la escena política que es el Parlamento nacional, más revitalizado. De modo que, cualquier pacto que no lo tenga en cuenta, será un pacto muy débil.

Con el conflicto del “campo” salió a la luz una fuerza social que tuvo mucha resonancia mediática y buena adhesión. Sin embargo, ese caudal de simpatías no parece cristalizarse en alternativas políticas.   
Si se quiere buscarle un lado positivo a la crisis, es que ha hecho pensar nuevamente a las ciudades sobre la especificidad de los asuntos agrícolas en la Argentina. Reintrodujo un debate que hace tiempo no estaba en la agenda, en parte, por una mirada simplista y, a veces, por subestimación de la importancia estratégica para un país como la Argentina. Me parece que fue un llamado de alerta. Si no se advierte ese alerta, el campo va  seguir siendo, desde el punto de vista cultural, patrimonio de las derechas.

Durante el conflicto, ese rasgo se vio acentuado. 
Sí, es probable, pero esta confluencia entre partidos de derecha y de centro-liberal contra el gobierno de Kirchner es muy inconsistente porque, aun cuando la visión urbana del campo sea una visión sesgada, la Argentina es un país industrial, con historia de instituciones sindicales, con fuertes organizaciones empresarias, con una realidad industrial que tiene más de setenta años de historia. Por eso digo que la idea de que del campo argentino pueda surgir un partido fuerte, opuesto al curso de la política argentina, me parece muy difícil. En el pasado pudo haber existido ese partido, organizado por los conservadores, quizá, pero los conservadores argentinos, si bien fueron muy dinámicos durante la Generación del Ochenta, están muy atados a una visión de sociedad estanciera, de sociedad ganadera. Y querer construir ese partido, en este contexto, me parece un despropósito.


“Hay una nueva derecha en gestación”

El sistema de partidos todavía parece bastante anclado en la crisis de representación que hizo eclosión en 2001-2002. No se avizoran grandes cambios cualitativos. 
No. La crisis ha sido tan profunda que ha arrastrado a todos los partidos al abismo, incluido el propio PJ. Nada más que el PJ, por estas raíces profundas, fundacionales de una Argentina diferente a la preexistente, fue el único partido que podía más o menos enfrentarse a la crisis y, aun dividido, pudo darnos un gobierno de emergencia y asegurar la continuidad a la estabilidad de la democracia argentina.
¿De dónde surgirá la oposición político-partidaria que confronte con posibilidades y pueda convertirse en alternativa?
Hay sectores medios que no están de acuerdo con el kirchnerismo, más en sus formas que en su contenido. Por ejemplo, concuerdan con políticas puntuales, como sobre las AFJP, pero desconfían de la práctica política del oficialismo. Pero la oposición se queda en lo meramente formal; tiene que hacer política sobre propuestas políticas que sean mejores que las del Gobierno o sumándose seriamente al debate, porque nichos para construir una oposición fuerte hay. Pero va a tener que caminar un largo trecho. Organizar una fuerza política de oposición seria, en un país donde las oposiciones al peronismo siempre se cobijaron en el aparato militar, requiere un esfuerzo constructivo mayor, de cuadros y organizaciones.
Por lo pronto, parece que se está configurando una nueva derecha que expresa su cosmovisión a través de nuevas formas, pero que también ha mostrado una capacidad de convocatoria y movilización importante.
Sí, hay en gestación una nueva derecha y me parece bien. En su momento, se usaron varios clichés para acusar al macrismo de ser una versión moderna del menemismo y me pareció una apreciación errada. El país necesita una nueva derecha, es cierto. Pero este país necesita una nueva derecha desde hace más de cien años. La idea de una derecha más vinculada al modelo agroindustrial que a un modelo agrario tradicional es una necesidad actual. Nos hubiéramos ahorrado algunas tragedias de haber existido algo así. Pero el problema es que esa nueva derecha, para poder desarrollarse, va a tener que consolidarse a través de una estrategia y un programa, que hoy no tiene. Además, va a tener que incorporar a una parte del viejo peronismo, porque no puede haber delineada una nueva derecha fuerte si esos sectores tradicionales no confluyen en ella.

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