Actualizado: 23:25 - Martes 09.03.2010
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Lo refinado y lo ordinario; y la degustación o la ingesta chatarra
Por Orlando Barone Graciela Rey * El Papa en uruguayo * Ramonet lanzado * Soledad Gallego-Díaz y el indigenismo destructivo * ¡Viva Yue Yan Weng! *
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Graciela Rey es traductora y periodista, aunque desde hace años trabaja en el papel de traductora en el diario El Cronista. Su experiencia fatiga diariamente textos y opiniones económico-financieras de especialistas del género del Primer Mundo. A pesar de todo cuanto debe hacer pasar por su cabeza, Graciela Rey sigue sana, sin contagiarse, porque lo que intoxica y hace mal lo drena sanamente. Les daré una prueba. En la página de “recuerdos” en la red, organizada por los propios trabajadores del diario (http://www.cronistax100.blogspot.com/) Graciela escribió lo que a continuación transfiero con gusto. Se titula “Burbujas”. Y éstos son unos pocos párrafos imperdibles: “No era sorprendente que en otros mundos más avanzados ese milagro se estuviera convirtiendo en un negocio gigantesco: había empezado la era de las puntocom. De esa época ya mítica me queda el recuerdo de miles de compañías de nombres divertidos -cuyos presidentes tenían menos de 30 años- que salían a bolsa una detrás de otra en todas las capitales del mundo, alcanzando valuaciones de mercado siderales en pocos días. Lo que hacía que la gente comprara como caramelos las acciones de las empresas de los chicos de 25 años era una fórmula mágica denominada Ebidta (por su sigla en inglés), algo que traducido viene a ser ‘ganancias antes de intereses, impuestos, depreciación y amortización’. Esta fórmula, que antes y después de la burbuja se usaba para calcular la valuación de una empresa para determinadas operaciones, durante la burbuja se convirtió en la flauta de Hamelin que llevaba a los niños al precipicio. De esos años, me quedó una imagen que recuerdo como premonitoria. La de Norma Nethe, jefa de Economía, con una hoja larga de papel continuo en la mano con el balance de una de estas compañías, preguntándole al mundo en general ‘¿Y dónde están las ganancias?’ Cuando quedó claro que las ganancias, por lo menos en un futuro que pudiera anticiparse, no estaban en ninguna parte, la burbuja tecnológica estalló y se tragó el dinero de mucha gente con el habitual ruido seco e irreparable de succión que se oye en esas ocasiones.
Mientras tanto, en la Argentina flotábamos en la superburbuja del un peso, un dólar. Cuando llevábamos en eso ya varios años, oí en la calle a un hombre que le decía a otro: ‘Mi cuñado, en España, me preguntó si un peso es igual a un dólar, ¿quién paga la diferencia?’ La frase quedó dando vueltas y se sumó, hacia el final, a señales que resultaban familiares: los bancos retaceaban la plata -uno iba a hacer un retiro y justo no tenían efectivo; los fines de semana, un virus extraño atacaba a todos los cajeros automáticos, que dejaban de funcionar-, la usina de rumores trabajaba a destajo y casi todos los taxistas acababan de dejar a un pasajero que les había confiado que ‘el martes (o el jueves, o el lunes) va a pasar algo’. Lo que se dice un principio del fin al estilo argentino. En cuanto a la burbuja crediticia/hipotecaria actual, en mi memoria, su raíz está ligada a palabras como securitización y productos estructurados, que en su momento costaba traducir del inglés porque uno no terminaba de entender qué querían decir. En resumen, resultó que alguien había descubierto que cualquier deuda puede ser fragmentada y convertida en títulos negociables, porque para eso hay computadoras que pueden hacer los cálculos”.
“Las frases operativas fueron dos: ‘el riesgo está descontado en el precio de los títulos’ y ‘es una forma de alejar el riesgo de los bancos’. Y todavía nadie pudo explicar bien cómo fue que el riesgo, en vez de quedar lejos de los bancos, los demolió y liquidó el mercado mundial de créditos.

Por suerte aquí, en la Argentina, el crédito sigue. Acaba de salir uno para calefones. Es modesto pero permitirá a mucha gente ducharse con agua caliente. Y, además, está Obama. Sí, para agitar aún más mi fe en la armónica y feliz organización del mundo, él nos devuelve otra vez al futuro onírico y nos pone más excitados aun que antes. Incitado de futuro fui a ver la película uruguaya El baño del Papa. La era Obama de la fe, me convocaba a ir a verla avisorando el nuevo mundo solidario. Pero hay tanta pobreza, miseria y “esperancita”, y tanto éxito del fracaso en esa película, que cualquier espectador que sale de terapia devastado por haber matado a la madre, al padre y a los hermanos, todos juntos, se siente un privilegiado solamente por estar sentado en la sala con aire acondicionado y mirando a la distancia tanta “vidita” ilusionada.
Para darles una idea de la estética de neorrealismo italiano de la película, les diré que una de las más bellas escenas es la de un tipo pedaleando una bicicleta destartalada cruzando la frontera brasileño-uruguaya. Y cargando a la espalda, de contrabando y atado con alambres, un inodoro blanco. El inodoro es el detalle que le falta a la letrina que el tipo acaba de construir en medio de un caserío en ruinas, para salvarse. Lo carga desesperado y ya demasiado tarde. Su ilusión es cobrar por su uso a los miles de peregrinos que van a ir a su pueblo el día que llegue el Papa. Es 1988. Y llega el Papa y fallan los peregrinos y nadie quiere ir al baño. Ni siquiera van los periodistas y corresponsales -más de trescientos-, que no tuvieron los ojos de los creadores de esta película para contar las mishiaduras de la frontera, pero sí para contar fielmente las masas de fieles que desbordaron la fiesta del Papa y que solamente vieron ellos y nos lo hicieron creer a todo el mundo.
Al final, la película muestra cómo los gatos, los perros y los chanchos terminan comiéndose los chorizos y las tortas fritas con los que los ilusionados pobladores querían hacer el único negocio de su vida. Sin embargo, no llega a mostrar qué se hizo con el inodoro. Pero sí, uno deduce, qué es lo que seguirá pasando por esas vidas nacidas y vividas para hacer de las ilusiones, fracasos. Como las de cientos de millones de seres del Plata o del Ganges. No hace falta decirlo. Tampoco la moraleja. Para qué. La película prescinde con lucidez de darla. Tampoco valen moralejas ante periodistas que fueron jóvenes promesas de izquierda en los noventa y ahora son destacadas realidades de la derecha.
Para graduarse con éxito, hay que saber cambiar de sentido oportunamente. No me hagan dar nombres: a lo mejor logran recuperarse. Para que eso le ocurra a tantos colegas, tendrían que desembarazarse del papel de empleados fieles y dejar de “lambetear” a sus empleadores y volver a sus fuentes si ya no están demasiado lejos. Sé que es difícil con sólo mirarme al espejo.

Leo a Ignacio Ramonet, ese pensador español estudioso de los medios e intelectual orientado más bien incorrectamente. Participó del Foro Social Mundial en Belem, Brasil, y a través de la agencia ANSA, nos dice esto: “Los medios actúan como escuderos del neoliberalismo. Son su brazo ideológico y su función es comparable a la que la Iglesia cumplió en la conquista de América: los conquistadores mataban, saqueaban y tras ellos venía la Iglesia a decirle a la población que se alegre. Hoy, los medios se muestran temerosos ante el derrumbe del templo neoliberal y se comportan con hostilidad hacia a los gobiernos de Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador, cuando aplican medidas que los contrarían”.
No es igual a Ramonet el caso de la corresponsal española del diario El País escribiendo su crónica desde Santa Cruz, en Bolivia. El título es premonitorio: “El poder indígena avanza en Bolivia (y a veces destruye)”. Soledad Gallego-Díaz es la autora. Dénme el gusto de transcribir un breve párrafo: “Evo Morales, un dirigente sindicalista, aymara, que, a trancas y barrancas, y para sorpresa y desánimo de sus críticos, ha ido consolidando y extendiendo su poder por prácticamente todo el país. (…) Sin ceder prácticamente terreno, Morales y sus seguidores indígenas han ido transformando con desigual éxito, y a veces simplemente destruyendo, el entramado político y económico del país”.
¡Bravo! Aporto otro párrafo del perfil psicológico que Gallego-Díaz hace de Evo Morales: “Quienes le conocen, resaltan su profunda desconfianza, incluso, con sus ministros, a quienes puede someter a repentinos ataques de ira. Quizá por su experiencia sindicalista, se mueve como pez en el agua en la confrontación”. ¿Tendrá ya listo en el archivo de la computadora un perfil estereotipo para presidente popular sudamericano? De lo que hay que tener cuidado es de no tener por cierto un perfil generalizado de ningún grupo humano, porque, como ven, hasta los españoles pueden ser antagónicos.

Y menos uno moldeado de los residentes chinos en la Argentina. Como por sus caras todos los chinos  nos parecen hermanos, hay que tener más cuidado que el que se tuvo para juzgar a los ruralistas, unánimente diplomados de campesinos perseguidos. Ojalá llueva en los campos, así descubrimos que son capaces de devolver la lluvia al cielo con tal de no tener que mostrarse satisfechos.  Por evocación escolar malformada, durante años, se cometió la imprudencia de considerarlos “gringos” sacrificados y simpáticos. No es que no haya por ahí algunos que respeten el modelo, pero no hay que generalizar. Como no hay que trazar el perfil de un porteño típico porque, de sólo mirar caras porteñas, nos cunde el desaliento. Son más cambiantes que un voto de vecino de departamento basado exclusivamente sobre lo que le llega de expensas y al saber el sueldo del portero. Tampoco hay que “prejuiciar” con que los chinos son iguales y que de noche, en el supermercadito, todos suspenden la cadena de frío. A través de nuestra amiga Diana Castelar, conocí a Yue Yang Wang. Chino, cincuenta años, la mitad de ellos, en la Argentina, hijos porteños, pintor de paisajes y desnudos y cocinero natural. Fue el anfitrión en su casa de Belgrano para celebrar el año nuevo chino. Estaba la mesa baja oriental preparada para los comensales, unos quince, entre amigos y su familia. Yue no se sentó a la mesa durante las tres horas en que estuvo en la cocina e iba y venía trayendo platos distintos. Todo llevaba preparación al momento. Algas marinas y algas de madera en jugos y goteados con soja picante; pollo deshuesado relleno y laqueado con una cobertura de caramelo; langostinos crudos asados con hierbas y condimentos; pulpo muy blanco trabajado en tajos romboidales con el cuchillo, para que penetre mejor la cocción y mantengan su forma sin retorcerse; arrolladitos de sabor nuevo, fresco; calamares en salsa, para mí, inédita; ravioles chinos rellenos de una verdura de origen milenario. Y vinos argentinos. Recién al final de esa degustación delicada, el cocinero se convirtió en comensal y se sentó también a la mesa baja. Nunca perdió la sonrisa. Ni hizo ostentación del esfuerzo. No nos exigió más que la predisposición a compartirlo. Su español correcto pero simple lograba el diálogo cordial. Nadie ahí se atrevió a encarar ningún tema estúpido de esos que alientan a la discordia. Nadie osó mencionar a ningún periodista puro. En una casa china, para qué descender a la coyuntura mediática.
A lo mejor, esta comida extraordinaria en la casa de Yue Yang Wueng, que me tocó en suerte, es una casual moraleja. La buena comida nos restaura de tanto abuso de chatarra.

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Comentarios (2)
Julio Rumbo Muy bueno....
04/02 13:46
 
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HECTOR sOMOS VARIOS LOS QUE LEEMOS DEBATE A LA ESPERA DE LA SORPRESA QUE NOS DEPARA bARONE EN CADA NOTA. CADA DIA MAS AGUDO. ADEMAS REENVIO A VARIOS COMPAÑEROS BAJO EL TITULO " APORTES PARA PENSAR"
gRACIAS ORLANDO.
CUANDO RECOPILES TUS TRABAJOS AVISA.
03/02 17:52
 
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