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| Política y ficción. Entrevista a Patricio Pron |
| Por Agustín J. Valle El escritor argentino, residente en Madrid, investiga la relación entre la culpa colectiva y el nazismo en su premiada novela El comienzo de la primavera |
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Patricio Pron nació en Rosario en 1975, emigró a Alemania a los veinticuatro. Allí, antes de mudarse a España hace año y medio, fue corresponsal de diarios sudamericanos, se doctoró en Comunicación con una tesis sobre la obra e influencia de la literatura de Copi y escribió dos libros de cuentos (que en 2004 le valieron el premio Juan Rulfo de relato) y tres novelas, previas a la recientemente galardonada El comienzo de la primavera. La obra -que ganó el premio Jaén de novela en España- es un relato que va incluyendo minirrelatos como mamushkas, escrito con una solidez precisa y lúcida, sitúa en Alemania el dilema de la responsabilidad individual en las atrocidades colectivas, e interroga sobre si la obediencia a la máquina social nazi de la población alemana equivale a la obediencia a cualquier otra máquina social.
¿Investigó la obra de Copi por compartir con él la condición de extranjería? Principalmente por el hecho de notar en su escritura una gran libertad, que se opone a los rasgos de hipercorrección y precisión formal que tiene la literatura argentina. Me parecía envidiable. Creo que algo de la libertad de su escritura pasó a mi literatura. En gran parte porque, al vivir en Alemania, para mí el español era como una especie de lengua muerta. Se me había desnaturalizado y, desde esa desnaturalización, los vínculos con la lengua comenzaron a ser diferentes. ¿Una muerte que produjo fertilidad? Tengo la impresión de que sí, de que escribo los libros que quiero escribir, y de que soy la clase de escritor que siempre quise ser, desde el momento en que ya no viví más en la Argentina. ¿Qué marcas de Copi podría señalar en El comienzo…? Porque parece mucho más cerca de la “precisión formal” que de los libertinajes de Copi. Diría que la marca más sustancial es que, tanto Copi como yo, en esta novela nos sentimos librados de cualquier intento de mímesis de la lengua cotidiana de la Argentina o de España. O luego, en un plano más profundo o sutil, las operaciones de traducción, que afectan tanto los libros de Copi, escritos en su mayoría en francés, como los libros que yo escribo, que tienen como horizonte la transparencia de las buenas traducciones. Ése es para mí el horizonte estilístico más importante y relevante. Con relación a esa búsqueda, y considerando que en su acento no hay ningún rastro de argentinidad y que esta novela se centra en Alemania, ¿se considera un “escritor argentino”, o más bien cosmopolita? Soy un escritor argentino porque he nacido aquí. Cortázar nació en Bélgica. Yo diría que soy un escritor argentino en la medida de que mis lectores son argentinos, y porque mis textos participan en una escena que es la de la literatura argentina, aunque ahora también de la española. También creo que mis libros participan en ciertas discusiones que se dan en el marco de la literatura argentina. Esta novela, especialmente, puede ser incluida dentro de una serie de textos que lo que se proponen es cuestionar parcial o temporalmente -durante el tiempo que toma la lectura de la novela- la hegemonía del Estado argentino como productor de ficciones en este país. ¿En qué sentido el Estado es productor de ficciones? El Estado argentino ha llevado prácticamente hasta el extremo la vocación estatal de producir ficciones. No es casual que buena parte de sus principales artífices hayan sido escritores. Para mí, el texto en el que mejor se ve este encuentro entre política y literatura es la Historia argentina de Bartolomé Mitre, donde lo que se construye es una ficción estatal que funciona como legitimadora de los proyectos políticos. Pero es una operación permanente. Otro momento fuerte fue la guerra de Malvinas, y sobre eso busca intervenir mi novela Una puta mierda. Desde luego, la literatura ha perdido su función social y, obviamente, en este momento sería un auténtico absurdo que un político pretendiera acceder a su electorado a través de los libros, cuando hay formas mucho más efectivas de comunicación, o al menos más masivas. Pero esa pérdida de peso social también ha dotado a la literatura de cierta autonomía: habida cuenta de que los libros cada vez importan menos, existen menos presiones en torno a ella. ¿Cuál es la operación de Una puta mierda respecto del relato de Malvinas? Los hechos son deformados por una imaginación infantil que preside el relato y es la que yo tenía cuando fue la guerra. Para quienes éramos niños, creo que fue una experiencia muy trascendente. Todo el tiempo nos contaban que estábamos ganando pero, en realidad, íbamos perdiendo. Aunque los adultos pudieran racionalizarlo, para mí era una experiencia que ponía en duda gran parte del estatuto de verdad de todas las cosas que nos rodeaba y que se nos decía. Pero también creo que por más que esa experiencia haya sido traumática, dotó a muchos escritores jóvenes de un conocimiento de la mentira y de la manipulación, que son necesarios para este trabajo, ya que la literatura es el ejercicio socialmente aceptado de la mentira. Es la transformación de un vicio privado, que es el mentir, en una virtud pública, que es la literatura. ¿El comienzo… también trabaja sobre el estatuto de verdad de los relatos colectivos? Uno de los dos ejes es la discusión sobre la distinción entre verdad y ficción. Precisamente, de la verdad y la ficción en el marco de aquello que recordamos. Las preguntas que se hacen los personajes -y que por tanto deben ser aquellas que se hacen lo lectores- es si aquello que recordamos es verdadero, si el acto de recordar no es en sí una forma de escritura que reordena los hechos y los dota de un sentido para que podamos vivir con ellos. ¿En ese sentido la historia sería más un subproducto del presente que el presente un subproducto de la historia? Sí, naturalmente puedes comprender cómo es una sociedad pensando las formas en que piensa u ordena su pasado. En la Argentina, las polémicas en el marco de la historia responden claramente a la forma en que el Estado en diferentes períodos históricos ha decidido legitimarse y explicarse a sí mismo. ¿Y por qué eligió escribir sobre la historia alemana? Borges dice que la tradición de los escritores argentinos es la cultura occidental, ¿qué especificidad encontró en Alemania? La historia alemana tiene carácter de parábola. Los hechos atroces de la historia alemana del siglo XX, la forma en que esos hechos han sido o son recordados por los alemanes, la clase de preguntas que esos hechos atroces producen en una sociedad tan civilizada y ordenada como la alemana, tienen un carácter de parábola respecto de otras sociedades en las que se han producido fenómenos similares con movimientos totalitarios que han llegado al poder, como en España o la Argentina. Las preguntas que se hacen los alemanes en torno del pasado pueden ser perfectamente aplicables a otras sociedades y otros períodos históricos, como por ejemplo la última dictadura militar en la Argentina. Por lo tanto, creo que El comienzo de la primavera es una novela muy argentina. Lo es, además, por su fascinación por el centro de Europa, que es también uno de los tópicos clásicos de la literatura argentina, en Borges por ejemplo.
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