Actualizado: 23:25 - Martes 09.03.2010
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La hermana Cleopatra
Por Agustín J. Valle En su primera novela, Gabriela Cabezón Cámara sorprende con la historia de una travesti villera que dice hablar con la Virgen
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La Virgen cabeza es la gran primera novela de la argentina Gabriela Cabezón Cámara y cuenta la historia de una travesti villera, Cleopatra, quien asegura que la Virgen le habla. Basada en la excepcionalidad que le confiere tal conexión divina, se pone a intervenir en los problemas terrenales. Organiza, por ejemplo, comisiones de tareas comunitarias con los pibes de la villa e, incluso, crean formas novedosas de conseguir la subsistencia, como cuando se llevan peces del Jardín Japonés y arman un enorme criadero en el pantanoso centro del barrio. Pero la historia romántica y delirante, situada un par de décadas en el futuro, es  también trágica.
¿Cuál fue el deseo inicial que desembocó en esta novela?
Había leído algunos textos que me movilizaron mucho como Gargantúa y El libro del buen amor. También, para la misma época, me había llegado a las manos el libro de Washington Cucurto, Zelarayán, y siempre me gustaron Copi y Néstor Perlongher. Además me gusta mucho la literatura antigua, la griega, si pudiera me dedicaría a la papirología. En la novela quería hacer algo que mezclara todos esos registros sin dejar de dar cuenta de algunas cosas que me parecen mal, y de otras que creo que están bien. O sea: partí de ciertas preocupaciones político-sociales y de ciertos entusiasmos literarios.
¿Qué fue lo primero que apareció de la trama de la novela?
El personaje de la periodista, que en la novela se pone de novia con Cleo, pero en su primera versión era una especie de serial killer amoroso: mataba a la gente que estaba sufriendo mucho e iba a morir agonizando. Como en La Virgen cabeza, la chica era periodista de policiales y estaba enfrentada con esa cosa mafiosa del conurbano, empresarios, policías, seguridad, etcétera. Escribí el destierro de esa chica porque había matado a alguien que no correspondía y la empresa, que en este mundo futuro tenía mucho más poder que las instituciones del Estado, la perseguía. Era un grupo de empresas muy grande, no sólo multimedios, y en ese mundo cada empresa administraba justicia sobre sus empleados, como los esclavistas administraban justicia sobre su población de negros.
¿Y cómo apareció Cleo, la travesti de conexión divina?
Yo escribo muy esporádicamente, o espasmódicamente, y en algún momento escribí el descubrimiento que la periodista hace de esta travesti -los periodistas siempre descubrimos cosas, en ese punto somos como los conquistadores y, a partir de la aparición de Cleo, la novela dejó de ser aquel primer esbozo paranoico para convertirse en el texto que es.
Pero siguió estando el destierro de las dos, en el Delta y luego en Miami.
Es que creo que tengo una especie de fijación con la Odisea.
Apareció primero Cleo, o sea que no es que usted tenía primero ganas de escribir sobre una villa.
Las dos cosas fueron juntas. Una travesti villera, y que hablara con la Virgen, me gustó. Ojo, yo nunca fui una mujer de fe. En la escuela, cuando la catequista preguntaba qué queríamos ser de grandes, todos decían monja, cura, misionero, y yo, como leía a Isidoro Cañones, contesté que quería ser playboy. Pero, igualmente, me interesa la cuestión de la fe, la fe popular, ésa que está fuera de la Iglesia, me parece un mecanismo de resistencia y de producción de sentido muy rico y fuerte.
Entonces, apareció Cleo y me pasó lo que me pasaba cuando leía lo que los escritores decían sobre los personajes que “tienen vida propia”. que siempre me pareció una pelotudez. Vida propia no tienen, pero la voz de este personaje me permitió hacer una novela menos paranoica que la que venía escribiendo. Me permitió ver también algo de alegría y felicidad en un paraíso de mierda. La otra novela, la que no escribí, era más futurista que ésta, era poscapitalista. Aquí, el marco es un capitalismo bastante parecido al actual, pero peor, aunque los que fueron expulsados tienen la capacidad de fortalecerse desde lazos afectivos y comunitarios. Los que quedan afuera hacen un adentro más lindo, una especie de proeza anímica.
No mencionó a César Aira y su La villa entre los libros que la motivaron, ¿no la leyó, no le gustó?
No soy una lectora de Aira, y se ve que me estoy perdiendo de algo porque a mucha gente le gusta. Leí Ema la cautiva, La guerra de los gimnasios, Cómo me hice monja y también La villa, cuando ya estaba embarcada con La virgen cabeza. Pero no me resultó tan atractivo, creo que se queda en una concepción más formal de la literatura, y yo espero que una novela me diga algo, que me inspire algo más que “qué capo este tipo, cuánta cabeza qué ingenioso, mirá adónde llega”.
¿Y qué es lo que dice La Virgen cabeza?
Es complejísimo, no sé. Pero me gustan las novelas que de alguna manera refieren al mundo, y que tienen una posición política con la que puedo acordar o no, y no las que parecen apuntar a la literatura por la literatura en sí misma.
¿Dice algo, la novela, respecto del tipo de acto político posible hoy en día?
Sí, dice lo que yo pienso. Me parece que la única posibilidad para los que no somos poderosos es autoorganizarnos, no estoy segura de que eso pueda terminar bien, bien en el sentido de ser exitoso respecto de la coerción que puedan ejercer los poderosos. Pero a mí no se me ocurre otra manera de sobrevivir a esta barbarie. Un tipo de cada seis está desnutrido, mil millones de personas tienen problemas de acceso al alimento o la salud. Es un poco mucho.
¿Vale pensar que la villa le permitió inventar cosas dado su costado invisible para el exterior, más o menos como, digamos, los bosques en el medioevo?
Sí, de alguna manera uno está forzado a imaginarla. Además la villa tiene esa cosa de que consiste en general en materiales muy livianos, y se puede mover, salvo partes de villas como la 31 que ya están más urbanizadas. La liviandad de los materiales permite que se construya de golpe. En un período estuve viviendo en Lomas de Zamora, y pasaba a diario por un lugar que se llama Camino Negro, en el que había unos descampados. De golpe fueron tomados, de repente aparecieron unos ranchitos de cartón, donde se quedaban haciendo guardia para ver si se podían construir casillas menos precarias y, a los dos meses, ya se había transformado en una villa tamaño favela de Río, enorme, con casitas precarias pero con forma de casa, con luz, con gente que vivía ahí. Ahora debe estar mejor, en ese momento chapoteaban en el barro y era una especie de desastre. La villa tiene esa cosa de advenimiento, donde no había nada ahora hay una microciudad y seguramente proyectos, vínculos, relaciones de poder, y puede ser imaginado con esa liviandad que tiene concretamente, además de que sea algo misterioso. Las villas así como aparecen desaparecen, se echa una topadora y se acabó, es mucho más liviano urbanísticamente. Como si fueran las casitas de los chanchitos del cuento: el inmueble mueble, el inmueble volátil o volador.
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