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Fue secretario de Prensa de la ex presidenta Estela Martínez de Perón y un hombre históricamente vinculado con el peronismo. Hermano de Lidia Papaleo, viuda de David Graiver, vivió de cerca los pormenores más siniestros del traspaso forzado de acciones de Papel Prensa a la sociedad que conformaron Clarín, La Nación y La Razón durante la última dictadura. De hecho, fue secuestrado y torturado, como la casi totalidad de la familia Graiver. Dedicado a la producción de espectáculos, Osvaldo Papaleo cuenta por estos días parte de esa historia a quienes quieran escucharlo. Participó en una de las audiencias públicas con argumentos a favor de la nueva ley de medios y pone en cuestión el rol de los medios durante la dictadura.
¿A dónde retrotraerse para contar la historia de Papel Prensa, un tanto socavada? Es una historia más trágica que larga. La idea nació en 1968, comenzó a concretarse en 1971, pero tuvo el impulso más fuerte con José Ber Gelbard, el representante más lúcido de lo que fue la burguesía nacional y último ministro de Economía de Perón. ¿Cómo llegan los Graiver a la empresa? El proyecto se armó con los Civita, de la Editorial Abril, hasta que éstos deciden priorizar el mercado brasileño y se asientan en San Pablo. Ahí vendieron las acciones a David Graiver, por intervención del propio Gelbard, cuando aún no era ministro. El grupo, en verdad, era David y su capacidad para los negocios. Por esa época, estaba en la CGE, con gente como Julio Bronner, que habían hecho Aluar y, luego, tuvieron que exiliarse. Fueron muy perseguidos; sobre todo, por Martínez de Hoz. Graiver vio el negocio del papel y apostó fuerte, con la participación del Estado, porque ya se la consideraba una empresa estratégica. Los diarios no habían visto el negocio. Ni Clarín ni La Nación. Cuando repararon en eso, el proyecto ya estaba armado. En la biografía de Héctor Magnetto, que escribe el periodista José Ignacio López, se concibe a Papel Prensa como un proyecto poco menos que propio de la empresa. ¿Lo dice López o Magnetto? Es una especie de versión oficial del Grupo. No sabía que López había escrito sobre esto. Como no apareció en el debate que se dio en los últimos meses, cosa que me extrañó… ¿Lo dice de manera irónica? Yo no lo vi y me extraña. La Iglesia tiene esas cosas. Vi a todos sus punteros políticos hablando directa o indirectamente del tema, muchas veces, sin mucho conocimiento de lo que se discutía. Jorge Casaretto, Bergoglio, el rabino Bergman… Pero a López no lo vi. Tendrá sus razones para decir lo que dice. Lo cierto es que, si había interés por el papel, no tuvieron la dimensión del negocio hasta mucho más tarde, cuando ven que eso que parecía tan irreal se podía convertir en una realidad. Además, dudo que Magnetto, en ese momento, fuera a pensar que podía extender el negocio hasta tener 260 medios audiovisuales. ¿Qué pasa entonces? Lo que empieza a cambiar las cosas es la muerte de David Graiver, el 7 de agosto de 1976. Caen los bancos que tenía la familia y el grupo se queda sin timón. Estas cosas, como todo lo que tenía David, las fui conociendo con el tiempo, cuando empecé a recorrer el mundo para defender la posición de la familia y sacarlos en libertad. Luego del golpe de 1976 y antes de ser secuestrados, la familia había tenido una oferta por parte de Clarín, La Razón y La Nación para comprar Papel Prensa. Sí, la oferta la hizo un personaje muy importante en esta historia: Jorge Martínez Segovia, primo de José Martínez de Hoz, el ministro. Este personaje, bastante gris y opaco, se encargaba de hacer las operaciones para quitarle a los sectores de aquella burguesía nacional sus empresas. Trabajaba de intermediador, digamos, para arreglar por las buenas. La familia quería liquidar todo y quedarse tranquila. Ya David había muerto, y debía hacerse cargo de una serie importante de negocios para los que ninguno en la familia estaba capacitado. Y entre estos negocios había un paquete maldito. ¿Cuál? Por un lado, apareció Montoneros, físicamente, reclamando plata de la organización. Por el otro, estaban los diarios, presionando por Papel Prensa. Ahí fue cuando apareció Martínez Segovia y nos dijo: “Desármense”. Entonces, la familia pidió una audiencia con Videla para contarle el aquelarre de aprietes y las representaciones dudosas que querían quedarse con todo. Esto que cuento está en el expediente del juicio y declarado, incluso, ante la justicia militar. ¿Pensaron que podía darse una ofensiva de otro tipo como la que finalmente se dio? No, la familia Graiver era muy inocente. Los interesados en quedarse con todo debían partir de la muerte. Por algo el avión se cayó. Explotó, chocó contra una ladera, no sé. Pero David no muere de un infarto. Tengo mi teoría. ¿Cuál es? Pienso que fue un atentado. No sé si fue la CIA o qué, pero murió. Y respecto del vínculo con Montoneros, ¿qué hay de cierto? La familia nunca supo nada. Los Montoneros dicen que sí y Graiver no está para decir que sí o que no. Tampoco Gelbard, a quien se le adjudicaba la mediación. ¿Qué pasó con el pedido de audiencia que le habían hecho a Videla? Nunca recibió a la familia, obviamente. La carta está en los expedientes. Acá, lo que está detrás es el ataque de la derecha financiera contra los grupos nacionales productivos. Eso está más clarito que el agua. Para ellos, el diablo era Gelbard y el diablillo era Graiver. ¿Cómo se produce el traspaso de las acciones de Papel Prensa? Cuando llegó la intimidación de Martínez Segovia, la familia accedió a firmar un preconvenio. Nada era claro, tanto que La Prensa, que fue invitada a participar en este pool, no entró. Se podrá decir lo que se quiera de La Prensa, pero resultaron más consecuentes con su liberalismo que otros y fueron honorables en esto. No entraron en el negocio. Pero la presión sobre la familia crecía. El apuro de los diarios tenía que ver con el deseo de terminar con este asunto rápidamente. Y comenzaron los secuestros. Primero fue Juan Graiver, el papá de David, en marzo de 1977. Ahí la familia se dio cuenta de lo que se trataba. Y no era difícil saberlo. Por ese entonces, el general Ramón Camps usaba a la revista Somos, de la Editorial Atlántida, como su vocera, para dejar trascender las declaraciones bajo tortura. Es más, la editorial había dicho que yo le había presentado a Graiver a los Montoneros, y mi abogado tuvo la mala idea de enviarle un telegrama a la empresa para conminarlo a que se retractase. Al rato me vinieron a detener y, luego de tres días de tortura, me mostraron el telegrama original que le habíamos mandado a Atlántida. El vínculo era evidente. Claro. Yo sabía que mi hermana estaba viva por lo que salía en la revista. “Lidia Papaleo de Graiver reconoce…”, decía. Estas cosas entonces eran muy normales en el periodismo. Y en poco tiempo cae presa buena parte de la familia Graiver. Sí, después de Juan Graiver van cayendo todos. Hasta la secretaria de Graiver estuvo cuatro años presa, y fue muy duro. El día que cae mi hermana Lidia, a fines de marzo de 1977, ella participaba con Isidoro Graiver, hermano de David, en una reunión con Bartolomé Mitre, en el despacho de La Nación. Y la presión fue la misma. Lo sé porque, cuando salió de esa reunión, nos encontramos en la oficina de Antonio Cafiero, en la calle Lavalle. Salió de ahí y a las dos horas la detuvieron. Nosotros, entonces, nos salvamos de casualidad, pero a mí me agarraron a los diez días. Entonces le empezaron a sacar los bienes, desde una fábrica de agujas descartables hasta una productora de cine, con la que David había producido Quebracho y La Raulito. Y con eso, también, van las acciones de Papel Prensa, que quedan en manos del Estado en su totalidad. ¿Cómo llegan a ser propiedad de los diarios? Cuando cayó preso Jacobo Timerman, la cosa se frenó por la conmoción que el hecho provocó y la repercusión que tuvo en el mundo, con las asociaciones internacionales de prensa que pedían por él. En ese contexto, no quedaba muy elegante aparecer comprando Papel Prensa, por lo que se produjo un bache en el proyecto, aunque siguió en pie. En un momento determinado, cuando salí de prisión, me llamó Bernardo Sofovich, tío de Gerardo y Hugo, que era abogado de Clarín pero, sobre todo, una buena persona. Me llamó y me contó con dolor y algo de culpa lo que estaba por pasar: que en quince días iba a haber una asamblea de Papel Prensa. Supongo que pensaba que estábamos aterrorizados, como lo estábamos, pero nunca sospechó que me aparecería ahí, como tutor de la hija de Graiver. Hice rubricar el poder por la Corte norteamericana y me presenté con un abogado yanqui. Al llegar, nos recibió un coronel, de uniforme, y nos dijo que no podíamos hacer nada, que mejor nos fuésemos. ¿Para qué era la asamblea? En esa asamblea licuaron las acciones de los Graiver. Los militares, por entonces, pensaban que se iban a quedar para siempre, pero la gente de Clarín era más realista y más astuta. Ellos ya se habían apoderado de Papel Prensa y pensaban qué pasaría si la dictadura terminaba pronto y los Graiver recuperaban la libertad, sus derechos civiles y las acciones. Entonces, las multiplicaron y lograron licuarlas, de modo que, por más que reaparecieran, no tuvieran el menor poder. Y se cumplió como decía Clarín. Unos años después, volvió la democracia, pero todo quedó en la nada. Lo que queda claro, según su relato, es que los directivos de estos diarios estaban al tanto de cómo se daban las cosas. Por supuesto. A vos, ¿qué te parece? ¿Quiénes estaban, por ejemplo? Los capos. Estaba Héctor Magnetto, por Clarín; los Peralta Ramos, por La Razón; y estaban los Mitre por La Nación. Eran pesos pesados, pero ninguno pensó lo que Clarín podía lograr con eso. Y digo Clarín porque fue la voz cantante en esto y se fue quedando con pedazos mayores de la torta. A partir de esto es que crece, porque hasta ahí no era un gran diario argentino. Era, más bien, un diario más. Importante, sí, pero entre otros. Julio Ramos siempre contó cómo fue su lucha por el papel, pero basta ver cómo asfixiaron a Crónica para saber cómo empezaron a funcionar. Por eso digo que Clarín no puede hablar de mordaza con su historia en Papel Prensa. Yo lo puedo decir porque lo viví y sé que es verdad. Si no, que averigüe Telenoche investiga: no hacen falta cámaras ocultas ni nada.
El monje negro de la política
Usted tuvo participación en la discusión de la nueva ley, con presencia en la audiencia. ¿Qué piensa de la victimización del Grupo Clarín? A Clarín le gusta victimizarse, pero son los menos autorizados. Ya en la época de Joaquín Morales Solá lo hacían. Les gustaba verse como víctimas de Massera, por ejemplo. Decían que eran hostigados, como si hubiesen sido parte de la resistencia a la dictadura. José Ignacio López, en su libro, dice que la operación se hace en contra de la voluntad de Massera, que quería Papel Prensa para su proyecto político. Es la versión oficial de Clarín. Pero es como si la banda del Gordo Valor se peleara por un botín. Imaginemos una pelea entre el Gordo Valor y la Garza Sosa, ¿qué entidad tiene? Por eso, lo importante de la discusión de esta ley. Por lo menos, se le vieron las caras. ¿Quién conocía, hasta ahora, a Jorge Rendo o José Aranda? ¿Quién les conocía la cara? Ni atendían el teléfono: había que ir de rodillas para hablar con ellos. Ahora fueron ellos los que llamaban de-sesperados para que la oposición intercediera por ellos. Héctor Magnetto fue el gran monje negro de la política argentina. Espero que todo eso se termine.
El caso Graiver, en democracia
La familia Graiver, ¿cobró algo del traspaso forzado de acciones? Es indemnizada durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Por todos los bienes le hacen un paquete por 90 millones de dólares, pero de ese total, que parecía menor respecto de lo que eran las empresas, hubo que darle un porcentaje a Jorge Born, que aparece diciendo que la plata de Montoneros que se le reclamaba a Graiver era de su secuestro. Ante el barullo tan grande que hay, el gobierno de Alfonsín se lo quiere sacar de encima. Por el barullo y porque detrás estaba Clarín, que ya aparecía como un actor todopoderoso. El radicalismo siempre fue mala palabra para Clarín.
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