Actualizado: 23:27 - Martes 09.03.2010
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Nueve límites y un meteorito
Por Carlos Leyba Con los acuerdos de la Ronda de Doha se profundizará aún más la liberalización del comercio internacional
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En El País, Javier Sampedro comentó que Johan Rockström (Universidad de Estocolmo) estima que hay “nueve límites que la humanidad debe respetar para no inestabilizar los sistemas terrestres”. Transgredimos los límites del calentamiento global, de la extinción de especies, y del ciclo del nitrógeno. Cuatro están a punto (agua dulce, bosques, acidificación de los océanos y ciclo del fósforo). Restan la contaminación química y carga de aerosoles en la atmósfera. Consecuencia: las especies “se están extinguiendo a un ritmo inédito” desde que desaparecieron los dinosaurios y la mitad de los géneros biológicos. “El impacto humano -ampliación de áreas de cultivo, incendios forestales, introducción de especies extrañas a cada geografía, y urbanizaciones- aún no iguala al  de un buen meteorito, pero hace méritos (…). Los ecosistemas pueden tolerar pérdidas de biodiversidad pero los hace vulnerables a cualquier cambio del entorno. La diversidad garantiza respuesta a los imprevistos.” La reunión del clima en Copenhague, en diciembre, estará enfocada a impedir la pérdida de la diversidad.
El consenso mundial por el cambio climático será un avance humanista para garantizar el hábitat del hombre, cuyas obras lo destruyen. Dice Maurice Godelier: “Los hombres no han inventado la vida en sociedad. Son por naturaleza una especie social. Por naturaleza significa aquí por el hecho de la evolución de la naturaleza (…) A diferencia de otras especies sociales, ellos producen la sociedad para vivir”. La ecología se ocupa de las condiciones para vivir, y del riesgo de involución de la naturaleza provocada por el hombre. ¿Y la economía?
Hasta acá Copenhague. El 20 de octubre, Pascal Lamy -director de la Organización Mundial del Comercio- informó que “será difícil alcanzar la meta de 2010 (acuerdos de liberalización comercial, Ronda Doha) sin acelerar las negociaciones”, aunque hay fuertes avances para concretarlos. Lamy acelera el programa de liberalización del G-20 de 2009, formado con el protagonismo del Brasil y también con la firma de nuestro país, a pesar de que, a fines de 2008, nuestros negociadores plantearon cierta diferenciación.

El retorno de la causa del libre comercio se ampara en  el retroceso de la crisis financiera internacional, pese a que no se ha removido la liberalización y desregulación de los mercados que la provocaron. Asociados a este proceso se encuentra la concentración del motor del consumo en Estados Unidos y la universal regresión distributiva (entre regiones y dentro de cada país). Esa mezcla combinó de manera  explosiva la “inflación de activos”, hija de la concentración, y de “estabilidad de los precios de consumo” por desplazamiento de producción a salarios mínimos (China, India). El 19 de octubre, Bob Herbert, escribió: “¡Suficiente! Goldman Sachs progresa mientras las tasas combinadas de desempleo y subempleo están cerca del veinte por ciento. Dos tercios de todos los ingresos ganados desde 2002 a 2007 fueron al uno por ciento más ricos de los norteamericanos. (…) No podemos continuar la transferencia de riqueza de la nación al vértice de la pirámide económica -lo hemos hecho las últimas tres décadas-, con la esperanza de que esos beneficios goteen empleo estable y mejores niveles de vida. Nunca va a gotear. Cuento de hadas. De locos seguir creyendo eso” (The New York Times).
Doha retorna con los “brotes verdes” financieros y el incremento del desempleo y de la concentración de la riqueza.
Los gobiernos asistirán a Copenhague por la diversidad (biológica) y a Doha, para combatir despiadadamente la diversidad (económica) que es la consecuencia de la especialización de cada país en torno a su dotación original de factores. 
En Copenhague, por el equilibrio del sistema, se procura proteger al “tatú carreta” o al “venado de las pampas”.
En Doha se procura lo contrario de la “diversidad”: la especialización económica, el “reparto del trabajo” mundial en “función de la dotación de factores”. Ello conspira contra la nivelación global hacia arriba de los ingresos.
La especialización, exterminio de la diversidad económica, implica la muerte de la industria en los emergentes o el aniquilamiento de los salarios. 
La liberalización comercial ya produjo la discontinuidad, la fragmentación de las cadenas de valor y generó el arrinconamiento de los integrantes de esas cadenas en los extremos. La especialización, entonces, concentra el dinamismo en el sector primario (extremo inicial); y el creciente sector terciario (extremo final), por su parte, se adapta a la destrucción del sector transformador (la industria).
¿Por qué ante la evidencia de que nos arrastramos a la desindustrialización, desde 1975, y aceleradamente, desde 1991, no hay reacción política ante los riesgos sociales que producen la especialización de la economía y la primarización de las exportaciones? 
Parte de la respuesta es que el modelo de “primarización” y desindustrialización está asociado (privatización) a la concentración del poder “económico-político” en el sector “terciario”, constituido básicamente por concesiones del Estado. En este sector, una nueva oligarquía, partidaria de la “especialización” primaria, se apropió en pocos años y sin trabajo, de lo acumulado por el sector público en generaciones y sudores. 
La liberalización comercial se profundizará con los acuerdos de la Ronda de Doha. La poca industria y la escasísima de capitales nacionales de que disponemos tenderá a desaparecer. Continuará la extranjerización, la especialización fragmentada y la complementación a nivel de las empresas multinacionales. Las cadenas de valor que se deseslabonan se integran en manos de un único propietario global. Ejemplo, la industria automotriz argentina, hace 35 años, integraba el noventa por ciento de los vehículos; hoy integra el treinta por ciento. Eso es destrucción de “diversidad económica”.
La liberalización puede ser de interés económico del sector primario, en razón del  posible abaratamiento de insumos y bienes de capital. Pero, mientras el Estado era protagonista de la economía, patrimonial y planificadoramente, tejió una alianza con la industria local para equilibrar los pesos. Se estructuraron barreras a la liberación irracional y se diseñaron políticas que se tradujeron en empleo, distribución del ingreso y modernización social. En viejos tiempos también vivimos la contradicción entre “sin industria no hay nación”, de Carlos Pellegrini, y la liberalización comercial sostenida por el socialismo de Juan B. Justo.
El dato es que el poder patrimonial y planificador del Estado ha sido concesionado. Los “concesionarios” (la nueva oligarquía del saqueo) se han acoplado al interés económico “globalizador” de las multinacionales, que impulsan el libre comercio y la especialización de los países emergentes. Todo ese poder económico de la nueva oligarquía está asociado o juega a favor del proyecto de la liberalización comercial. Transporte, comunicaciones, servicios comerciales y financieros, no privilegian el origen de los bienes para definir sus negocios. Por eso hay una alianza política implícita entre la oligarquía de los “concesionarios” locales y el interés económico de las multinacionales.

De allí se desprende el creciente aislamiento político de los industriales nacionales. Su consecuencia es la muerte de la dinámica de la industria incipiente y, también, la desaparición de industrias tradicionales, en ausencia de una estrategia sólida de política industrial y exportadora; su extranjerización y acople al modelo multinacional; y finalmente, el cierre de posibilidades industriales. Al cancelarse etapas productivas locales se bloquea la etapa siguiente del avance tecnológico. Fin de la diversidad.
Doha deriva de una preocupación no humanista de la globalización.
¿Qué empuja ese proceso? El interés de las multinacionales; la cultura de la burocracia internacional y del ejército de aspirantes a funcionarios internacionales que “viatican” en casi todas las cancillerías.
Tema central para la estructura económica que está fuera del debate. En el G-20, Cristina Fernández acordó impulsar la liberación del comercio que es el Consenso de Washington a nivel global. Es inconsistente criticar el Consenso de Washington y apoyar  los acuerdos de comercio. Como ha señalado reiteradamente Miguel Cuervo, experto en este tema, esos acuerdos, tal como vienen, implican nulo beneficio adicional para nuestro país en materia agraria, porque somos la economía agropecuaria más eficiente del mundo, la única con capacidad de pago de impuestos a la exportación primaria. Pero nos golpean con una segura pérdida de diversidad en materia industrial.

Es que tres décadas de inconsecuencia, inconsistencia, vacilación y ausencia de política industrial nos mantienen en el sendero de la industria naciente. Los acuerdos de Doha no sólo reducirán drásticamente los aranceles, ya que el máximo arancel permitido será del trece por ciento y no del 35 como hoy, sino que proscribirán la totalidad de las “políticas activas”. Difícilmente sobrevivan las especies industriales existentes y más difícilmente nazcan otras.
En Copenhague, preocupación por la biodiversidad. Aquí, tendencia a la especialización primaria y alianza dominante en el seno del Estado (y la política) con la oligarquía de los “concesionarios”. A través de ella se filtra el peso de las multinacionales y la doctrina de Doha. Si nada cambia en la política local la diversidad industrial existente se extinguirá en los próximos años.
Parafraseando a Sampedro, transgredimos varios de los nueve límites económicos: la crisis de la pobreza tiene temperatura de riesgo, hemos extinguido eslabones de muchas cadenas de valor industrial; no hemos revertido la fuga de capitales. A punto de traspaso: la reducción de nuestras reservas energéticas medidas en años de consumo; avance de la cultura negativa del monocultivo; concentración poblacional en una proporción mínima del territorio; dependencia comercial y fiscal, de un solo producto exportable. Pero todavía mantenemos un cierto superávit fiscal y otro externo.
Con siete de esos nueve límites transgredidos, la reducción de la diversidad económica que Doha implicaría nos augura tiempos más difíciles. ¿Meteorito destructor?
Más que la naturaleza o a la fuerza de las cosas, las siete transgresiones económicas debemos atribuirlas a nuestra propia ignorancia y desidia. Pero avanzar hacia Doha en términos de liberalización es lamentable vocación suicida.

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Comentarios (1)
desarrollista Esclarecedor artículo sobre lo que nos espera a futuro, si persistimos en mantener un modelo de especialización del monocultivo, en desmedro de articular todas las fuerzas productivas de un país.- Estamos virando y poniendo proa hacia un modelo netamente
24/10 10:14
 
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