Actualizado: 16:39 - Sábado 04.02.2012
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Compañero del alma
Por Lorenzo Amengual
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Mi padre llevaba siete años de calabozo a salto vivo en sórdidas mazmorras y le quedarían dos más a cumplir conmutada y vuelta a conmutar su pena de muerte, el día que murió en prisión Miguel Hernández, un 28 de marzo de 1942, a los 31 años. Bronquitis, tifus, tuberculosis. Adiós. Herida lacerante, si las hubo y fueron muchas, la pérdida de aquel hombre en el que numerosos seres (mi padre, entre otros) se reconocían y encontraban en procura de edificar un mundo mejor. Pastor de cabras, autodidacta, poeta y dramaturgo de singular relevancia para la literatura española del siglo XX, republicano.
A la hora de enterrarlo no pudieron cerrarle sus ojos vigilantes, contaban los presos en tono con su secreto a voces. Una manera de mantenerlo vivo, y así fue a dar al nicho 1009 del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. Había nacido por allí, en Orihuela. Sus restos mortales reposan en una sepultura del mismo camposanto, reconocible y muy visitada, junto a los de su mujer Josefina Manresa y su hijo.
En abril de 1939 Francisco Franco declaró terminada la guerra iniciada en 1936. En Valencia acababa de imprimirse El hombre acecha, y se cruzó con una comisión depuradora franquista. Se abocaron a la destrucción de la edición ya encuadernada. Dos ejemplares se salvaron del cadalso, nadie supo cómo, y permitieron la  reedición del libro en 1981.
El gobierno español reconoce ahora a Hernández como a una víctima del franquismo. Un documento oficial ofrecido a la familia del poeta rehabilita su memoria y anticipa  festejos en la celebración del centenario de su nacimiento. “El objetivo es ofrecer a Miguel Hernández el homenaje, el recuerdo y la admiración que su vida y su obra merecen”, señaló María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del gobierno español y presidenta de la comisión de homenaje. Y agregó: “Todos compartimos con Hernández ese mismo rechazo a cualquier forma de opresión, esa misma rebelión ante la injusticia y esa determinación de soñar y crear un país más digno, un mundo mejor”.
La familia del poeta pidió su reconocimiento apoyándose en la Ley de Memoria Histórica, sancionada en 2007 para homenajear a las víctimas de la  Guerra Civil y del franquismo. Los Hernández podrían haber pedido un resarcimiento económico, pero piden sólo un reconocimiento para Hernández por su sufrimiento. Preparan además una solicitud para presentar al Tribunal Supremo para que se anule la sentencia de muerte que acabó con su vida, para terminar con el último estigma del autor de El rayo que no cesa.
“Siempre hemos vivido con esta tristeza y, finalmente, limpiamos su memoria. Queríamos restaurar su imagen de poeta del pueblo y de un gran hombre”, dijo Lucía Izquierdo, nuera de Miguel. Y agregó: “Nunca tomó las armas, pero estaban en su contra porque defendió a España con su pluma. Su legado es una de las mejores poesías que tenemos. Da miedo pensar lo que le hicieron. La muerte injusta nos privó de  tener más”. Según su familia, fue encarcelado en 1940 por negarse a firmar una confesión de arrepentimiento por sus ideas. Condenado a muerte, Franco le conmutó la pena por una condena a treinta años de cárcel. De todos modos, las duras condiciones de prisión abreviaron la historia.
Pablo Neruda hizo mucho por él, antes y después de la muerte, clamando por el despertar de su memoria. Setenta años después, florecen los jardines y embriagan las palabras del vate chileno: “Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. Y este fue el hombre que en aquel momento de España desterró a la sombra. ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! Darle la luz. Dársela a paletadas de recuerdos”.
Miguel Hernández está en mi memoria viva con sus palabras, que corrieron a mi encuentro una Navidad sin fecha, atisbando una conversación entre dos hombres (uno de ellos era mi padre) que habían compartido ideales, celdas, y cargaban sobre su espalda el enorme dolor de  una guerra civil perdida, y vidas destrozadas sin remedio.
Sólo queda la esperanza de un mundo nuevo y justo. Expresiones escritas por Miguel, enunciados con rango de oración y de fe. Por qué no el último aliento de su Elegía: “A las aladas almas de las rosas/ del almendro de nata te requiero/ que tenemos que hablar de muchas cosas/ compañero del alma, compañero”.

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