Actualizado: 19:06 - Jueves 29.07.2010
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Golpe por Golpe
Por Luis Tonelli Todos condenados a un estilo. Gobierno y oposición interpretan sus roles
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Ganó el kirchnerismo. No el Gobierno, por supuesto. No Cristina Fernández ni Néstor Kirchner. Ni tampoco sus cariacontecidos adláteres. Ganó el kirchnerismo porque su estilo se ha impuesto. Ya domina la cultura política. Todos somos kirchneristas. Y muy especialmente “la gente” se ha vuelto kirchnerista. La opinión pública y los medios -póngase la flecha de la causalidad en la dirección que se quiera- no hubieran perdonado a la oposición ningún signo de debilidad. Como tampoco se lo perdonarían al kirchnerismo originario, al que los medios opositores demandan que siga siendo el que es para poder odiarlo más. Y el kirchnerismo cumple y dignifica esa tarea.
La antipolítica se ha impuesto. No hay política. Ese arte de generar una voluntad colectiva a partir de perspectivas particulares. Lo que hay son demostraciones pornográficas de poder. “Gana” el que se queda con la imagen de que ha doblegado al otro.
El “coyunturismo” es tal que esas victorias
-relativas, espasmódicas- no contribuyen directamente a aclarar el panorama electoral para 2011. El tren que lleva a la alternancia electoral parece haber partido irremediablemente, hace rato, para el kirchnerismo, quizá, desde el mismo día en el que comenzó la batalla contra las dos C (el Campo y Clarín).
Pero lo que decide cada estampa que queda en la retina, luego del correspondiente acto de poder, es una puja ancestral, primigenia, prepolítica (como dirían Lilita Carrió y Humpty Dumpty): “Lo importante es quién manda”.
Gobierno y oposición están condenados a dar ese espectáculo. Es lo que piden los ciudadanos devenidos espectadores. Es el mismo formato triunfante de Tinelli (no Tonelli, lamentablemente) y los programas de chimentos. No importan las razones; importan las peleas de las divas y los divos. 
Aunque, después, un panel de expertos, chismólogos, tal como nosotros los opinólogos de la política hacemos luego, interpretemos, adjudiquemos causas y azares, sopesemos los argumentos. Los hacedores de campañas electorales tendrían que mirar, así, mucho más al ascenso vertiginoso del impresentable Ricardo Fort que al triunfo de Barack Obama.
Inscriptos en esta lógica del golpe por golpe, como esos peleadores que luchan con sus brazos atados, Gobierno y oposición representaron sus papeles.
Cristina Fernández inauguró las sesiones ordinarias del Congreso con un discurso bélico, que no se limitaba a emitir flamígeras palabras sino a ejemplificarlas con hechos consumados. Su anuncio de la derogación del decreto 2010 del Fondo del Bicentenario generó un contexto de euforia en la oposición que permitió que quedara sumida en la confusión y el derrotismo, cuando la Presidenta les comunicó que no serían reemplazados por una ley sino por dos nuevos decretos, uno de necesidad y urgencia.
Era el non plus ultra del ejercicio desnudo de poder: la Presidenta inauguraba la actividad del Congreso anunciándole que, en realidad, no necesitaba del Congreso. Y lo hacía con un decreto que se estaba cumpliendo en ese momento, antes de su necesaria publicación en el Boletín Oficial. El dinero en cuestión había quedado finalmente transferido mediante una decisión ejecutiva, sumariamente acatada por la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, quien, luego, en un ejercicio sincericida, declaró que, si no lo hacía, “hubiera tenido que renunciar”.

La potencia de la imagen de una Presidenta amonestando a todo poder, a toda institución que no fuera la presidencial, se amalgamaba con la de un Congreso opositor que, la semana anterior, había fracasado estridentemente en imponer al kirchnerismo una estructuración de las comisiones en las que exhibiera su nueva hegemonía institucional (“Menem lo hizo”).
El oficialismo vivía, en ese momento, una borrachera de ilusiones. Se hablaba de uno, dos, tres, muchos senadores que habían “recapacitado” y que ahora se realinearían con el eje Casa Rosada-Olivos. De nuevo, el síndrome euforia-desencanto pero, esta vez, sufrido en grande por el Gobierno: todo el aire de imbatibilidad que había logrado transmitir el oficialismo se desvaneció cuando, sin mediar casi palabra alguna, el Senado exhibió en el mecanismo de poder institucional que le es propio, a la voz de “¡Se vota!, que había dejado de estar dominado por primera vez por el oficialismo peronista, cristalizándose la mayoría de ese vasto, variopinto e inestable conglomerado de opositores “unidos por el espanto”. Así lo expresó un senador opositor: “A nosotros nos une el espanto a Kirchner; a ellos los une el terror a Kirchner”.
Desconciertan las lamentaciones institucionalistas del kirchnerismo, que argumentó siempre en torno de una razón populista -más allá de reglas y convenciones- su accionar en todos estos años. Sorprende la oposición, que entiende que se le pide que levante la bandera del “consenso” pero para atravesar con su asta al kirchnerismo.
Es que la razón populista demanda, por definición, que el pueblo esté de su lado. Pero no un pueblo teórico, imaginado en su verdadera conciencia. En la razón populista, por definición, no hay lugar para la falsa conciencia, para decir que “la gente se equivoca, no me entiende, pero yo sigo gobernando para el pueblo”.
EL Gobierno se ha quedado sin la prueba de San Anselmo de la existencia del Dios populista: la adhesión mayoritaria de la opinión pública. Y no alcanza con reemplazarla con su legitimidad de origen presidencialista y, muchos menos, con la exploración leguleya de los márgenes y vericuetos jurídicos que pueden se impunemente violentados.
El kirchnerismo hizo suya una lectura superficial de la democracia como conflicto, en vez de entenderla como una explicación sistémica del funcionamiento la comprendió, en cambio, de modo explícito, como si cada acto del Gobierno debiera quedar publicado como una decisión en contra del antipueblo.
Pequeño problema tiene esa puesta en escena cuando se desmorona el apoyo popular: no se puede ser populista sin el pueblo; no se puede embestir contra los otros poderes institucionales, si no se cuenta con apoyo popular (especialmente porque el pueblo ha perdido la confianza, por múltiples razones, en que el Gobierno todavía gobierna a su favor).
Frente a esta cultura política, el constitucionalismo queda preso de una ingenuidad conmovedora. Esa cooperación entre poderes podía ser imaginada sólo cuando la política era patrimonio oligárquico. Al contrario de lo que dicen hoy los portavoces del kirchnerismo, el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo tienen la misma legitimidad otorgada por el voto popular, y el gobierno dividido sólo puede generar bloqueo en un contexto signado por la cultura populista.

En un punto, dadas sus preferencias, todos ganan en el conflicto: el kirchnerismo, porque no puede dejar de representar su papel decisionista sin que se le escurra el Gobierno, ya que será vomitado en una tibieza que nunca exhibirá, no por sus opositores de otras fuerzas sino por los propios peronistas, como lo demuestran las vocaciones de “ir por todo” del “peronismo disi-destituyente” (aunque la acusación de la Presidenta a la Justicia de estar embarcada en una posición golpista, similar a la que se asumió en Honduras, sonó a too much, y encima generó el peligro de despertar en algunos, a favor o en contra, la idea de ser entendida por algunos como una alternativa de salida).
Por otra parte, toda la oposición aparece disfrutando su penúltimo triunfo con la algarabía de una estudiantina en viaje a Bariloche, en la que se vive por adelantado algo que, todavía, sin embargo, no está asegurado para ninguno de ellos.
Y uno sospecha que no es sólo por razones electorales que no aparecen propuestas alternativas a las que el Gobierno, aunque sea tosca y brutalmente, produce. En esto tuvo razón Cristina Fernández cuando, en su discurso del lunes último, convocó a la dirigencia política a tomar posiciones en relación a cada cosa, qué van a hacer con la demanda agregada, qué van a hacer con las jubilaciones, qué van a hacer con el plan económico, qué van a hacer con los incentivos fiscales, qué van a hacer con la recaudación, cuáles son las áreas que van a privilegiar, cómo van a hacer si bajan impuestos de un lado para financiar gastos del otro.
La gestión pública se ha vuelto cosa compleja y demanda la conjunción estrecha de política y saberes.
Y si el kirchnerismo ha demostrado que no se puede encarar todo sólo con un puñado de obsesivos colaboradores, menos alcanza con limitarse a enunciar  “yo tengo un plan”.
El mero marketing de la gestión sin gestión se ha hundido rápido en las aguas del Maldonado.

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Comentarios (1)
Juan estoy totalmente de acuerdo con La presidenta que demuestra tener el coraje que ha muchos peronista les falta, cualquier proyecto de ley que no le convenga al pais debe ser vetado, la presidenta del bco central debe seguir cueste lo que cueste, y si la oposicion tine la desverguenza de iniciarle juicio politio y penal que lo haga
que vaya el lobo disfrazado de cordero de persidente, y veremos si llega a cumplir el mandato, sin ser destrazdo por quienes lo ungieron rey (de los gorilas se entiende)
06/03 21:42
 
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