“Mauricio se decidió y agárrense todos”, advertía eufórico el joven funcionario macrista a los que participaban de un coqueto cóctel social el miércoles 21 por la noche. Y no se refería precisamente a la decisión de Macri de afeitarse el bigote y generar esa impresión de “cara borrada” que sufren los bigotudos rasurados (no por nada, los psicólogos de las trasnoches porteñas consideran a ese cambio de fisonomía facial una especie de “medio suicidio”).
En realidad, el joven macrista se refería a la intención de su jefe político y jefe de gobierno de la Ciudad de autosometerse al procedimiento de juicio político, una institución constitucional ideada como recurso in extremis para evaluar la separación del titular del Poder Ejecutivo de su cargo. Algo que definió exultante como una “bomba atómica que el kirchnerismo no se esperaba”.
Una jugada tan desprolija institucionalmente como el derrotado expediente del gobierno nacional de las “candidaturas testimoniales” bonaerenses, que pretende que esa primera minoría que apoya a Macri en la Legislatura logre, a la vez, tanto iniciar el juicio político como también bloquear la posibilidad de que el jefe de gobierno sea destituido, gracias a que le sobra un puñado de legisladores leales (hasta el momento).
O sea, “una verdadera payasada”, un puro artificio mediático (lo que no tiene que sorprender a nadie) mediante el cual Macri intenta quedar ante la opinión pública límpido como el agua, incoloro, inodoro e insípido, sin nada que esconder, al punto tal que se somete a un “temible” juicio político, del cual piensa ser salvado por los mismos que lo acusan.
De esta forma, el macrismo espera blindar el talón de Aquiles que significa estar procesado en medio de una campaña electoral, en una situación judicial que sólo por su complejidad, y sin necesidad de travesuras inducidas, puede durar mucho tiempo antes de que se arribe a alguna sentencia. Si todo sale bien, dirá: “Yo ya fui juzgado y sobreseído”. Aunque todo el mundo sepa que el jucio político no tiene nada que ver con la decisión que tome la Justicia y que, por lo tanto, puede ser puesta en duda en su eficacia comunicacional.
A esta ingenuidad, el jefe de gobierno le suma otra: una confianza irracional en que la oposición no lo va hostigar demasiado y, más aún, que se equivocará en las teclas que debe apretar para lastimarlo de seriedad durante el debate en la Legislatura. Esperanza infundada que puede, sin embargo, llevar a Macri a cometer errores no forzados, como ya le ha ocurrido tantas veces. Es que en ciertas discusiones críticas, el debate en un cuerpo deliberativo como lo es una Legislatura la mayoría de las veces gana una dinámica propia, que puede generar las consecuencias inversas a las buscadas por las que la convocaron.
Y esta situación de difícil control se potencia al ser el macrismo un cuerpo invertebrado, cuyas filas no exhiben demasiada disciplina y siempre están a la escucha del canto de sirenas de sus ex referentes internos. Los peronistas PRO hablan con Francisco de Narváez, de quien Macri desconfía tanto como de Kirchner, y los Recrear PRO y aledaños no dudarán en saltar a la balsa radical si la del macrismo amenaza hundirse en las turbulentas aguas judiciales. El ex presidente de Boca tiene frente a sí un espejo en el que no quiere mirarse: y es la destitución de Aníbal Ibarra por una Legislatura en la cual sus integrantes se desentendieron fácilmente de toda lealtad frente a las presiones públicas por la tragedia de Cromañón.
De allí que la decisión por utilizar la “bomba atómica” por los estrategas macristas no deja de abrir algunos interrogantes inquietantes: El jefe de gobierno se autosomete al juicio político, ¿porque confía en que allí podrá demostrar prístinamente su inocencia?, ¿porque es un apostador irresponsable?, ¿o porque su situación es tan grave que lo lleva a correr el riesgo de que las cosas le salgan mal también en la Legislatura?
Algo debió haber cambiado, y mucho, para que aquellos que lo tranquilizaban y le decían que la causa de las escuchas no le interesaba a nadie, le aconsejen ahora a Macri semejante movida.
Desde el gobierno porteño agitan una encuesta en donde dicen que desde que la Cámara confirmó su procesamiento, el jefe de la Ciudad subió cinco puntos en popularidad. Pero si esto es así, ¿para qué arriesgarse? Todo un misterio.
Por cierto, hasta el momento, la letra de la defensa pública del jefe de gobierno provino más del lado de periodistas opositores al kirchnerismo que desde sus propios spin doctors, quizás por eso de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Joaquín Morales Solá defiende a Macri con la típica generalización de que todo el mundo hace de todo (especialmente el kirchnerismo) pero, en realidad, el único acusado por las escuchas ilegales es Macri. Y encima no por hacer espionaje político si no por, en todo caso, y de ser ciertas las acusaciones, espiar a “parientes, amigos y colaboradores”.
Dejemos de lado la cuestión del tipo de cualidad moral que tiene alguien que desconfía de sus allegados al punto de espiarlos. Morales Solá, sin pretenderlo, pone en evidencia lo realmente grave en el caso de espionaje por el cual está procesado Mauricio Macri: en él se fraguaron procedimientos judiciales para que las escuchas “inducidas” dentro de otras causas tuvieran valor legal. O sea, no se trató sólo de una vulneración del ámbito privado de los espiados, sino que se manipularon instancias institucionales para que esas escuchas, de producir “pruebas”, pudieran ser utilizadas en beneficio propio.
El caso que detona todo, el de Sergio Burstein, involucra directamente al Fino Palacios, principal interesado en la causa AMIA, pero no a Macri (aunque ciertamente el jefe de gobierno siempre sostuvo a Palacios y podría estar interesado en una causa que comprometía a su querido comisario y, por añadidura, a todo el futuro de la, en ese momento, no nata Policía Metropolitana.
Pero, definitivamente son las escuchas a su cuñado las que lo involucran directamente y que echan una luz diferente sobre el resto de la causa. Su padre, Franco, es el que oportunamente ha salido a hacerse cargo de la cuestión. Declaró que fue él el que contrató a una agencia privada y que entre sus filas revistaba, oh casualidad, Ciro James. Justo, o casualidad, hombre de confianza del Fino Palacios. Justo, oh casualidad, funcionario con sueldo importante del que nadie recuerda qué hacía en el Ministerio de Educación. Justo, oh casualidad, enlace con un juzgado del Chaco apadrinado por Ramón Puerta, socio político de Mauricio Macri.
Y aquí todo se complica para el jefe de gobierno porteño. Salvo que creamos, como Luis Majul, en lo que Eduardo Duhalde declaró en su programa de radio: que en realidad estamos frente a “una obra maestra de la Side” para sacar de la cancha a Macri como candidato presidencial. De ser así, la operación contra el jefe porteño debería quedar como una de las conspiraciones más complejas en la historia del espionaje, en la que Ciro James tendría habilidades que dejarían del tamaño de un poroto a las de James Bond. Y ni qué hablar del cerebro que maquinó toda la operación: logró que James, luego de infiltrarse en múltiples situaciones, se inmolara y quedara detenido. Y, además, disciplinó jueces y camaristas para que se cumplan todos sus deseos.
De todos modos, semejante gasto operativo, en el que se empleó un talento y una energía inauditos podría haber sido evitado. Ya que, quizás, hubiera sido una operación opositora más efectiva filmar con una simple camarita de video cómo, pese a la implacable gestión del ingeniero Mauricio Macri, la Ciudad está tan sucia como siempre, se sigue inundando -cosa que dejará de suceder dentro del algunos años-, los colectiveros continúan aplastando impunemente peatones, el tránsito está cada vez peor (eso sí, para incitar a que deje el auto en casa), los indigentes porteños aumentan, cosa que, eso sí, se compensa, aunque en parte, gracias al incremento de la mortalidad infantil, a los estragos que provoca en los jóvenes porteños el paco y a la llegada de un riguroso invierno, que ha hecho morir de frío a no pocos pobres.