Actualizado: 17:16 - Sábado 04.02.2012
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Muertos de risa
Por Marcos Meyer
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Desde muchísimo antes de John Travolta, los sábados por la noche daban ocasión a toda clase de revoleos, sobre todos los afiebrados. Hoy, que, inseguridades mediante, la vida nocturna nacional se ha apaciguado tanto, Crónica TV elige cada tanto ese horario para transmitir una larga serie de documentales titulados “Las tragedias de los famosos”. Allí desfilan, con tintes deliberadamente oscuros, las circunstancias que se llevaron la vida de Jorge Cafrune, Alberto Olmedo, Carlos Monzón, Gilda, el “Potro” Rodrigo, Claudia Mores y alguno más. En definitiva, una serie hilvanada de tristezas que a veces se extiende por dos horas, el doble del tiempo destinado, por ejemplo, a los sorteos de la lotería nacional y las diversas quinielas que alimentan las ilusiones de los argentinos.
No es el único codeo del canal con las noticias luctuosas. La placa que acompañaba el informe sobre la reciente muerte Julio César Caccia, el padre de Diego Torres, decía: “Diego Torres ha perdido a su madre y a su padre”. Para que quede claro, Lolita abandonó este mundo hace ya ocho años. La pena actual resulta más recargada si se la asocia con la anterior, aunque esté tan lejana. En este caso, las dos muertes forman parte del presente, igual que las tragedias encadenadas bajo el rubro de la fama.
Hubo un tiempo en que Crónica TV practicaba una variante festiva de la noticia amarilla, que de vez en cuando recuerdan los programas televisivos que viven de otros programas. Las placas rojas forman parte de un humor muy sospechosamente involuntario: “Atacan a una anciana, entran a su casa y le comen la pastafrola”; “Carozo está con faringitis”; “Escapaba de cabaret y lo castraron a la salida”; “Con las manos en la masa: frustraron asalto a panadería”, “Enfurecido por el partido, tiró el televisor e incendió su casa.” A esa forma de titular se podrían agregar los seguimientos a personajes un tanto extraños como “El pitufo Enrique”, un supuesto duende que asustaba a los habitantes de una vivienda.
Pero, de a poco, lo fúnebre fue ganando la partida. Crónica TV ha tomado como parte de su misión informativa enviar a un cronista y colocar sus cámaras en todos los velorios en que esté involucrada alguna víctima de la inseguridad, sea civil o policial. Allí, las voces, generalmente indignadas, de parientes y allegados se sobreimprimen con imágenes de cajones, coronas y lágrimas. No es una opción inofensiva y ha dejado marcas en la estética del único canal de noticias que no hace girar todos sus programas en torno a la información.
Y entre antiguos recitales de glorias de ayer -como Leo Dan, Rodolfo Zapata, Juan Ramón o Estela Raval- y de cantantes fallecidos como Sandro o Rodrigo, su última incorporación ha sido “Hechos y protagonistas” que conduce Anabela Ascar. Para mi sorpresa, nadie se ha molestado demasiado ante el hecho de  que todo se reduzca básicamente a una periodista que se dedica a tomarle el pelo cuando no a humillar a personas que a duras penas saben adónde están paradas, que carecen de conciencia de su precariedad y que incurren en el ridículo creyendo que actúan seriamente. Es más, se ha entronizado a la Ascar, como “La reina del periodismo bizarro” y sus personajes, que van desde la pobre Zulma Lobato hasta el oportunista “amigacho”, pululan por la tele repitiendo su confusión ante las reglas del espectáculo, para diversión de conductores y panelistas.
Hay una diferencia entre el mediático de la vieja escuela -los hermanos Suller o Jacobo Winograd- y estos nuevos freaks, que en otros tiempos, muy lejanos, formaban parte de ferias de poca monta y circos desvencijados. Los antiguos manejan una estrategia para aparecer en los medios, guionan sus escandaletes, los bizarros de hoy se entregan en toda su bizarría, sin buscar resultados ulteriores.
De algún modo, y sin darse cuenta,  protagonizan  un programa que podría llamarse “La farsa de los no famosos”.
Esta farsa, aunque pueda convocar a carcajadas, tiene algo de mortuorio. Como si el estar “firme junto al pueblo” ya no fuera esa mirada divertida ante la realidad -una realidad muchas veces inventada como pretexto para la diversión- sino el eco del lamento inacabado de las víctimas. Se busca su palabra y sus cuerpos ya inmóviles sin mayor propósito que una exhibición permanente de pesares. Lo que lleva a buscar, inevitablemente, una compensación por el lado de la risa inducida y la tristeza generada de modo compulsivo.
La realidad se construye como objeto freak -de hecho aparecen largos racconti de situaciones bizarras -como las de una mujer que se encadena a un poste porque no le dejan ver a sus hijos- y por eso no puede dejar de convocar a la muerte y a la risa. Si Crónica TV es efectivamente el canal que consumen nuestras clases populares este cóctel tiene algo de fatal e irremediable.
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