A casi cuatro décadas de iniciada por el Sha Reza Pahlevi -y luego de sortear una variedad de escollos-, la usina de Bushehr ubicó a Irán en el sucinto listado de potencias nucleares de Asia sudoccidental y Oriente Medio. Es un logro con implicancias serias, tanto para la República Islámica como para sus vecinos.
La carga de combustible en Bushehr, comenzada el 21 de agosto y completada el fin de semana del 4 y 5 de setiembre, integra a Irán a la treintena de naciones capaces de generar energía por vía nuclear. Así, Bushehr se suma a otras 439 plantas nucleares del globo, convirtiendo a Irán en el primer país de Oriente Medio en alcanzar tal capacidad de generación en el terreno de las aplicaciones civiles, ya que la central atómica israelí más antigua tiene fines militares.
Desde su gestación, la lenta evolución de Bushehr no sólo se debió a las secuelas políticas del sospechado objetivo primordial del programa nuclear de la República Islámica. Israel y otros países, vale recordarlo, alegan que el mismo tiene su acento en las armas atómicas, más que en la producción de electricidad, como invoca Teherán.
A esas dificultades se suma que, en diversas latitudes, los contratistas de obras nucleares han demostrado sobradamente su dificultad para cumplir con entregas en tiempo y forma. Por ejemplo, sólo cinco de diecisiete reactores que debían haberse concluido en 2007-2009 llegaron a ser operativos.
Encomendada a un grupo germano, en 1974, la construcción de Bushehr era, en los días del Sha, parte del objetivo iraní de generar 23 mil megavatios de electricidad por vía nuclear. Servía, asimismo, para vigorizar su vocación de potencia regional, además de facilitar las exportaciones de hidrocarburos. Más allá de la reevaluación, pos 1979, de los proyectos iniciados bajo Pahlevi, y del cese de los trabajos por la guerra desatada por Irak contra la República Islámica, en 1980, la presión internacional impulsó a Siemens a dar un paso al costado.
Bastante antes de que la empresa alemana anunciara su decisión, en 1992, Teherán ensayó retenerla, tercerizando el proyecto. Al haber sido Siemens responsable de Atucha I y sumado al hecho de emplear la Organización de Energía Atómica de Irán a un grupo de físicos argentinos, una delegación iraní arribó a Buenos Aires, en 1986, para interesar a la Argentina en su programa. El grado de la presión estadounidense, empero, tornó irreal toda idea de que la sociedad del Estado Invap -proveedora, entre otros, de reactores nucleares experimentales a Argelia y Egipto- equipara a Bushehr con socios europeos.
Para 1995, Rusia se había hecho cargo del proyecto, viraje que agregó un nuevo factor retardatario: el tránsito de una a otra tecnología nuclear. Ello y la tenaz presión de Washington para retrasar, si no abortar, la conclusión de la obra explican por qué la producción de esta central atómica no despegó en 2006, año sensatamente previsto como el de la inauguración de Bushehr por iraníes conocedores del tema.
Cuatro años más tarde, esto se logra tras el apoyo ruso a un nuevo paquete de sanciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), penalizador de Irán por su programa nuclear. Tras haberse asegurado de que la inauguración de Bushehr y la entrega de material defensivo no infringiese ese régimen de sanciones, los rusos -al parecer- seguirán difiriendo la entrega a Teherán de baterías antimisiles S-300, o acaso la faciliten vía terceros países. Estas armas son importantes para resguardar a Irán de una ofensiva de atacantes potenciales, crecientemente vista como ineludible, pese a la inerte reacción de Estados Unidos e Israel ante la carga de combustible en Bushehr. Como quiera que fuere, la atención a los requerimientos iraníes es funcional a la mejora de la posición rusa vis-à-vis Washington.
Comparado con un ataque israelí pre 21 de agosto -alentado, entre otros, por publicistas neoconservadores, como el ex embajador estadounidense John Bolton, interesados en debilitar al presidente Barack Obama en los comicios de noviembre próximo-, el cauteloso silencio oficial norteamericano está ligado al personal ruso en Bushehr, a la dependencia iraní de repuestos de Moscú y al interés de Rusia en mantener buenas relaciones con Washington. Sumado al monitoreo de la Agencia Internacional de Energía Atómica, restan visos de realidad a la hipótesis de posibles desvíos de insumos desde Bushehr a una rama militar del programa nuclear iraní.
Distante de la simpatía para con proyectos nucleares de vecinos inmediatos y remotos, en Egipto pos 21 de agosto, un analista del prestigioso diario Al Ahram tituló sin ambages “Nace una potencia nuclear”, haciendo hincapié en dos hechos significativos.
Por un lado, desde Bushehr, Irán tiene mejores barajas para negociar con la membresía permanente del Consejo de Seguridad más Alemania (P5+1), el trueque de uranio levemente enriquecido por combustible nuclear para su reactor experimental en Teherán, y garantías que pudieran tranquilizar al P5+1 respecto de una República Islámica con una creciente capacidad para enriquecer uranio. Según fuentes iraníes, incluso, llegó a proponer a Moscú una operación conjunta de enriquecimiento. Por otro lado, hay observadores que creen que “Israel debe aceptar ahora a Irán como una potencia nuclear en el campo civil y admitir que las amenazas de embates militares en su contra son palabras”.
Ya antes de la carga de combustible, un iranólogo israelí subrayó que si el liderazgo israelí advierte que los costos de atacar exceden a sus réditos, “la opción de convivir con un Irán nuclear sería muy probablemente aceptada”.
Ese juicio parece inspirado en la existencia de políticos y otros israelíes de nota que no comulgan con el premier Benjamin Netanyahu -y su predecesor- respecto de la “amenaza existencial” encarnada por un Irán nuclear, retóricamente equiparada por el primero con una nueva shoah.
Tal el caso del actual ministro de Defensa, Ehud Barak, de la ex canciller Tzipi Livni, y del otrora jefe de la Mosad, Ephraim Halevy. Previamente, Shlomo Ben Ami, jefe de la diplomacia del gobierno de Barak, descalificó ese elemento existencial al referirse a las acciones de Irán como no guiadas “por una obsesión de destruir a Israel, sino por su determinación de preservar el régimen y erigirse estratégicamente como una potencia regional” frente al Estado hebreo y al mundo árabe.
CONVIVENCIA
Esas evaluaciones parecen en sintonía con lo sugerido a Israel por militares y analistas de inteligencia estadounidenses: convivir con un Irán dotado de tal capacidad nuclear, máxime dado el arsenal hebreo, calculado en no menos de setenta y hasta más de cuatrocientos armas atómicas, a imagen y semejanza de la vieja convivencia Estados Unidos-Unión Soviética. Escasamente promisoria por ahora, es mejor, sin embargo, la eliminación de las armas reales o potenciales de destrucción masiva de la región mesoriental toda, propuesta egipcia de larga data.
Más allá de ventas multimillonarias de material bélico, la más que limitada tendencia norteamericana a abrir un nuevo frente bélico a causa de Bushehr puede verse complementada con la extensión de su paraguas nuclear sobre Arabia Saudita y otros países. Se trataría, así, de evitar que se recurriera a Pakistán para adquirir armas atómicas, o su desarrollo en Egipto, y que la Liga Árabe bendijera ideas dialoguistas con Irán.
En su lugar, el presidente Shimon Peres parecía aferrado a la quimera de un Irán mejor predispuesto a aceptar la existencia de potencias atómicas en su derredor, incluso, de no signatarios del tratado de no proliferación, al explicar la imposibilidad de aislar “los planes nucleares de Irán de la naturaleza de su régimen”.
Pese a las obvias divisiones en el interior del gobierno iraní desde las elecciones de 2009, las ambiciones nucleares de Irán no cederían si ocupara la jefatura de Estado algún ex adversario del presidente Mahmoud Ahmadinejad.
Con el trasfondo del nacionalismo iraní, incluso, no mutarían mayormente con un más que improbable retorno al poder de los Pahlevi.
* Historiador