Actualizado: 17:04 - Sábado 04.02.2012
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“No deberíamos haber anexado Alemania Oriental de esa manera tan precipitada”
Por Volker Hage y Katja Thimm El gran escritor alemán Günter Grass habla, en esta extensa entrevista exclusiva, sobre su nueva novela pero también sobre el lenguaje, la escritura, el pasado, el presente y su tema de siempre: la política
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En una larga entrevista concedida al semanario alemán Der Spiegel, el Premio Nobel alemán Günter Grass cuenta por qué no le teme a la muerte, revisa las oportunidades perdidas en la reunificación de Alemania y explica por qué piensa que los Hermanos Grimm tenían “sexo oral con las vocales”. Debate reproduce en forma exclusiva para la Argentina el reportaje a uno de los grandes escritores de la actualidad.

Su nuevo libro se titula Grimms Wörter. Eine Liebeserklärung (Las palabras de los Grimm. Una declaración de amor). ¿Cómo nació ese amor por los Hermanos Grimm, los famosos lingüistas alemanes que recopilaron cuentos populares en el siglo XIX?
 Mi relación con Wilhelm y Jacob Grimm se inicia ya en mi infancia. Crecí con los cuentos de los Hermanos Grimm. Incluso mi madre me llevó a una producción teatral, Tom Thumb (Pulgarcito), en el Teatro Estatal de Danzig (ndr: en la actualidad se trata de la ciudad de Gdansk). Más tarde, los hermanos Grimm tendrían gran influencia sobre mi trabajo creativo.
¿De qué manera?
Bueno, Tom Thumb está presente en el personaje Oskar Matzerath de El tambor de hojalata. Los mismos Jacob y Wilhelm tienen un rol en muchos de mis manuscritos. En La ratesa, por ejemplo, son retratados como un ministro y un diputado que tratan de impedir la muerte de los bosques por la lluvia ácida.
¿Qué es lo que le gusta de los hermanos?
Su naturaleza inflexible, principalmente. En 1837, en Göttingen, se manifestaron en contra de la abolición de la constitución (del Reino de Hannover), lo cual significaba estar en contra del poder del Estado. Al igual que al resto de los investigadores rebeldes del grupo Los siete de Göttingen, perdieron sus puestos. Y la tarea que emprendieron luego fue prácticamente imposible: un diccionario alemán con citas y oraciones. Sólo lo hicieron hasta la sexta letra del alfabeto. Después otros lo completaron.
Más de 120 años después.
¡Ese período de tiempo también me fascina! Hay especialistas de ambas partes de Alemania que trabajaron en él en los últimos 15 años. En el medio de la Guerra Fría, se sentaban tranquilamente en sus escritorios en Berlín Oriental y Göttingen y recolectaban notas al pie para un diccionario pangermánico. Es un reflejo de la misma historia alemana sobre la que hablo en “Las palabras de los Grimm”.
Del mismo modo que su historia personal con Alemania juega un papel en su libro.
Me concentré en mis años de juventud en el libro Pelando la cebolla. Luego en La caja escribí sobre los lazos y los enredos familiares. Este libro trata sobre el costado social y político. La vida de los Grimm, que vivieron en un período de cambio radical -igual que yo- se presta para eso.

Usted describe a los hermanos como detectives de palabras, inquietos por cada mínima letra. Y también escribe: “Por un lado, las palabras tienen sentido. Por el otro, están bien ordenadas para crear el sinsentido. Las palabras pueden ser curativas o dañinas”. ¿Cómo han influido en su propia vida las diferentes facetas de las palabras?
Encontré que las palabras cargadas de patetismo y creadoras de una euforia seductora son aptas para promover el sinsentido. La frase de Hitler: “¿Quieren la guerra total?” es sólo un ejemplo. Pero lo mismo se puede decir de la frase: “Nuestra libertad está siendo defendida en Hindu Kush” (ndr: Esta famosa frase fue pronunciada por el ex ministro de defensa de Alemania Peter Struck para justificar la misión militar en Afganistán). Tales frases tienen un significado fuerte, y son capaces de ejercerlo porque no son lo suficientemente cuestionadas. Creo que ya tuve mi cuota de palabras hirientes. Es atroz que ciertos ciudadanos como yo, que denuncian los abusos de su país, sean tildados despectivamente como “angelitos idealistas”.
¿Qué palabras “curativas” recuerda?
Las que son verdaderamente maravillosas están relacionadas con mi infancia. Adebar -para referirse a la cigüeña- despierta un cosmos entero de memorias en mí. Otra es Labsal (refresco), que ha sido casi completamente olvidada. Me encanta el sonido de la “a” larga repetida. A los hermanos Grimm también les fascinaba. Prácticamente, tenían sexo oral con las vocales. Labsal suena muy reconfortante. Te hace pensar en la vuelta a casa sano y salvo luego de una experiencia aterradora.
Parecería como si el lenguaje significara para usted un sentimiento de seguridad y hogar.
Absolutamente. Escribí mi novela El tambor de hojalata en París, cuando también comencé a trabajar en Años de perro. Pero luego de cuatro años comprendí cuán perdido me encontraba rodeado por un lenguaje extranjero. Tuve que volver a un lugar donde hablaran alemán. Mi experiencia fue similar a la de muchos escritores que emigraron hacia Estados Unidos durante el período nazi. Algunos pudieron soportarlo a duras penas, aunque sabían que el dictador todavía estaba en su país. Les faltaba el lenguaje para hacerse entender y para entender a los otros.
Esta misma experiencia, aunque no tan extrema, también se puede sentir en el país de uno mismo. La cultura juvenil tiene su propio estilo lingüístico que la distingue. Usted, ¿siempre entiende lo que le dicen sus nietos?
Por supuesto. Para mí es una experiencia maravillosa que, gracias a la ayuda de mis nietos, pueda estar al día con la jerga corriente. Por el contrario, expresiones como la vieja palabra berlinesa knorke (fenomenal) ya no se usan más.
¿Lamenta esa pérdida?
Afortunadamente, una palabra como knorke se preserva en la literatura. En general, concuerdo con Jacob Grimm en el sentido de que debemos permitir los cambios y el crecimiento descontrolado en el lenguaje. Aunque eso permite que ciertas palabras potencialmente amenazadoras también puedan desarrollarse, el lenguaje necesita la posibilidad de renovarse constantemente. En Francia, donde la Académie Française vigila el lenguaje, podemos comprobar que se lo puede convertir en algo formal y rígido cuando se lo protege demasiado.

OLIVETTI Y COMPUTADORAS

Debe estar muy desanimado por el desarrollo en el mercado editorial. Las ventas de libros electrónicos están creciendo rápidamente en Estados Unidos.
No creo que esto signifique el final del libro. Obtendrá un valor diferente entonces. La producción masiva se reducirá y el libro recobrará nuevamente la apariencia de un objeto valioso para ser conservado y legado a nuestros hijos.
¿Se puede imaginar Las palabras de los Grimm en un iPad?
Es difícil. Incluso llegué a un acuerdo con mi editor para que ninguno de mis libros esté disponible en ese formato hasta que exista efectivamente una ley protectora de los autores. Sólo puedo aconsejarle a cada autor que tenga confianza en este proyecto.
¿Está convocando a una protesta?
Me gustaría poner un freno a este movimiento de leer en las computadoras, pero parece que nadie puede hacerlo. Sin embargo, los inconvenientes del proceso electrónico son ya evidentes mientras se escribe el manuscrito. La mayoría de los autores jóvenes escribe directamente en sus computadoras, y luego editan y trabajan sobre sus archivos. En mi caso, al contrario, hay muchas etapas preliminares: una versión manuscrita, dos que paso a máquina yo mismo en mi Olivetti y, finalmente, muchas copias de versiones que mi secretaria carga en su computadora e imprime, y a las que les incorporo muchas correcciones a mano. Estos pasos se pierden cuando se escribe directamente en la computadora.
¿No se siente fuera de moda con su Olivetti?
No. En la computadora, de alguna manera, un texto siempre parece terminado, incluso aunque esté muy lejos de eso. Es tentador. Generalmente, escribo la primera versión a mano de una sola vez; y, cuando hay algo que no me gusta, dejo un espacio en blanco. Completo esos espacios en la versión de la Olivetti, pero debido a esa minuciosidad, el texto adquiere cierta redundancia. En las versiones que le suceden, trato de combinar la originalidad de la primera versión con la precisión de la segunda. Con ese lento proceso, hay menos riesgo de que irrumpan ciertos deslices o arbitrariedades.
¿Ha cambiado su lenguaje a lo largo de las décadas?
Al principio, trataba de derribar todos los obstáculos. Cuando escribí  El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro, era una época en la que muchos autores mayores sentían que el idioma alemán nunca más debía ser utilizado en exceso.
¿Usted se refiere a los representantes de la denominada Kahlschlagliteratur (literatura de demolición) del período de posguerra, a quienes se los conoce por su lenguaje simple y directo?
Sí, y esos autores tenían sus razones para ser cautelosos. El idioma alemán había sido dañado durante el período nazi. Pero nosotros, los autores jóvenes -incluyendo Martin Walser y Hans Magnus Enzensberger- no queríamos sentirnos constreñidos y nos negábamos a condenar el lenguaje. Como resultado, mi estilo rebosaba de la intención de querer desplegar todo lo que el lenguaje tenía para ofrecer. Ahora, en mi vejez, la experiencia también juega un papel, y mi escritura también es más consciente.
¿A qué se refiere?
A gran escala, a las experiencias políticas de mi vida, que describo en “Las palabras de los Grimm”. En 1961, por ejemplo, viajé como parte de la comitiva de Willy Brandt por primera vez (Ndr: Willy Brandt, luego alcalde de Alemania Occidental, fue candidato a la cancillería en 1961. Fue elegido canciller de la República Federal Alemana en 1969). La construcción del Muro de Berlín fue también una de esas experiencias, tanto como lo fue la reunificación alemana en 1989/90 y varias de mis visitas a la Alemania Oriental antes de eso.

LA REUNIFICACIÓN

¿Qué lo impulsó a viajar hacia allá?
Creía firmemente en el concepto de una nación de culturas unidas. Como parte de ella, nosotros, los autores de Oriente y de Occidente, nos reuníamos en departamentos privados en Berlín Oriental y leíamos nuestros manuscritos. No creo que los espías de la Stasi (ndr: la policía secreta de Alemania Oriental) entendieran siquiera qué era lo que yo buscaba. No podían entender que una misma persona fuera crítica hacia ambos lados. O al menos ésa fue la impresión que tuve cuando leí mi archivo en la Stasi.
¿Cómo se sintió cuando lo leyó?
Aburrido, principalmente. Por mucho tiempo me negué a leer esas cosas, y nunca hice una demanda. Hay más de 2.000 páginas. Al final, la señora Birthler (ndr: Marianne Birthler, administradora del archivo de la Stasi) me las acercó, pero yo había pedido que se borraran todos los pasajes en los que se nombraba a los informantes. No quería saber quién me había espiado. Ya no tiene importancia hoy, 20 años después de la reunificación.
Usted argumentó vehementemente en contra de la reunificación. ¿Cuál es su opinión hoy en día?
Todavía creo -como en el pasado- que no deberíamos haber anexado Alemania Oriental de esa manera tan precipitada. Es absurdo que hayamos perdido semejante oportunidad. No deberíamos haber reprimido ese momento, en el cual, luego de dos dictaduras, la conciencia democrática florecía en aquellas tres famosas palabras: “Somos el pueblo” (ndr: “Wir sind das Volk!” fue el eslogan cantado por los manifestantes en Alemania Oriental unos meses antes de la caída del Muro de Berlín). Poco tiempo después, el país y su industria fueron devastados mientras el Treuhand (ndr: la agencia que privatizó las compañías pertenecientes a la Alemania Oriental) vendía sus activos por casi nada. Durante el largo período de posguerra, aquellas 17 millones de personas de Alemania Oriental tuvieron que pagar ellas solas la carga de una guerra que fue llevada a cabo y perdida también por todos los alemanes.
¿Qué habría hecho usted?
Habría incrementado extremadamente los impuestos y no habría hecho la reunificación con fondos prestados. Hay algo de autoengaño en el hecho de que ahora, a 20 años de la reunificación, festejemos la forma maravillosa en la que han salido las cosas. Los hechos dicen lo contrario: alto desempleo, áreas despobladas. Y ese fenómeno que la gente llama “el muro en nuestra mente” todavía existe. La manera en la que se desenvolvió el Partido del Socialismo Democrático (SPD) contribuyó a esta representación. Fue rotundamente alabado y muy popular, porque, a pesar de ser sucesor del Partido Socialista Unificado (ndr: el partido comunista de la Alemania Oriental), no se hizo responsable de las acciones en la Alemania Oriental. De hecho, se le dio vía libre, lo cual hirió al Partido Socialdemócrata.
¿Lo atormenta la pérdida de importancia del SPD? El tradicional partido de izquierda tiene una larga y respetable historia, pero perdió popularidad cuando se desplazó hacia el centro en los años recientes, durante la era Gerhard Schröder.
Bueno, el Partido Socialdemócrata tiene un elemento de continuidad. Por eso me acerqué a él. Tenemos poca continuidad en Alemania, y está por cumplir 150 años. Ha cometido muchos errores y ha atravesado mucha historia. Pero sus principios sociales, cuyas raíces se encuentran en el desarrollo sindical del siglo XIX, fueron y todavía son fundamentales en nuestro país. Aunque muchos socialdemócratas son muy diferentes de la historia del partido, éste, sin embargo, sobrevivirá.
En Las palabras de los Grimm usted no menciona ningún posible error en sus opiniones políticas. ¿Acaso nunca se equivocó?
Luego de la reunificación, temí que una especie de Gran Alemania, con un poder centralizado en Berlín, se desarrollara. Pero, afortunadamente, el federalismo alemán ha sido lo suficientemente fuerte como para derribar esa tendencia. A pesar de los inconvenientes que tiene, creo que el contrapeso de los distintos estados es la mejor opción para Alemania, después de todo.
¿Puede recordar otros errores cometidos en su vida?
En mi caso, como todos saben, fui seducido por la Juventud Hitleriana cuando era joven. Eso lo explico detalladamente en mi libro Pelando la cebolla. Pienso que, hijo de aquel error, logré cierta inmunidad frente a cualquier postura ideológica.
En Las palabras de los Grimm, usted comenta nuevamente esa época en la que estaba en la SS y recuerda su juramento durante una fría noche de invierno. Usted tenía 17 años entonces. ¿Percibe ese momento como uno de los errores de su vida?
No fue un error de mi parte. Era un conscripto, como muchos otros miles de jóvenes. No me alisté como voluntario de la SS. El final de la guerra me liberó de acatar obediencia ciega. Luego de eso, supe que nunca más haría un juramento.

EL NACIONALISMO Y EL NOBEL

Usted está arraigado en la historia alemana, pero siempre ha objetado el culto a la nacionalidad en cualquiera de sus formas. ¿Qué piensa acerca del nuevo entusiasmo patriótico que vimos, por ejemplo, durante el último Mundial de Fútbol?
Siempre he creído que no podemos dejar enteramente en manos de la derecha el debate acerca del nacionalismo. Sólo podemos tener un papel responsable en Europa si efectivamente justificamos nuestro propio sentido de identidad nacional, más allá del nacionalismo. Pero también hubo ciertos aspectos inquietantes acerca de las pequeñas banderas de Alemania que la gente agitaba en el Mundial. Vi que muchas madres les ponían en la boca unos chupetes negros, rojos y amarillos a sus bebés. Eso compensa cualquier sentimiento patético.
Usted no es el único escritor de su generación que ha hecho frecuentemente declaraciones políticas. ¿Percibe una carencia de ese vigor en los escritores jóvenes?
Me lamentaría si ellos no aprendieran ninguna lección de esta tradición relativamente corta. No deberían repetir los errores de la República de Weimar y recluirse en sus mundos privados. Los intelectuales contribuyeron enormemente en la transformación de la democracia naciente de Alemania Oriental por una democracia madura. Desafortunadamente, hay signos de que esa contribución se está desvaneciendo. La crisis financiera, la pobreza infantil, la deportación de inmigrantes ilegales, la creciente brecha entre los ricos y los pobres: son temas sobre los que los autores jóvenes deberían, sin duda, expresar una opinión.
Usted mismo está menos envuelto en la política que en otras épocas. En una carta abierta al canciller, el autor Martin Walser, un contemporáneo suyo, exigió la retirada de Alemania de Afganistán. ¿Tiene una posición tomada con respecto a esa guerra?
Por supuesto. Pero de todas las guerras, la de Afganistán no puede ser sobresimplificada. A diferencia de la guerra contra Iraq, hay una declaración de las Naciones Unidas. Nuestra participación allí ha demostrado ser un error gigantesco, pero es difícil encontrar una manera de retirar esa responsabilidad. No caben dudas de que Estados Unidos no debería haber tomado el mando. Los estadounidenses son incapaces de librar este tipo de guerra. Están perdiendo una vez más, como en Vietnam, y nosotros estamos cayendo con ellos.
Su voz como Premio Nobel tiene más peso hoy en día que en el pasado. ¿Por qué se abstiene entonces?
Yo no tengo esa impresión. Por otro lado, no me paso todo el día pensando que soy un Premio Nobel. Me lo recuerdan algunas veces, generalmente cuando aporto mi granito de arena. Por supuesto, no me ayuda a la hora de escribir, pero tampoco me molesta.
¿No lo pone bajo presión?
El premio no inhibe para nada mi escritura. Eso tal vez sucede porque lo recibí ya entrado en años. En verdad, el premio que el Grupo 47 (ndr: una prestigiosa asociación de posguerra de escritores alemanes) me dio en 1958 fue más importante para mí, porque yo era muy pobre. Y me lo otorgaron mis compañeros escritores, lo cual le dio un sabor diferente. No digo esto para minimizar el Premio Nobel, pero no tuvo un impacto tan influyente en mi vida.
¿No estuvo mucho tiempo esperando recibirlo?
Ya no lo esperaba, al menos al final. Durante veinte años, siempre sucedía lo mismo: cada otoño me llamaban los periodistas para decirme que yo era uno de los candidatos y que por eso, querían tener la primera entrevista conmigo. Y luego las cosas se calmaban por un año.
¿Lo irritó que el autor alemán Heinrich Böll haya recibido el premio en 1972?
No, aunque no me crea. Estaba en el medio de la interna del Partido Socialdemócrata, sentado en un colectivo en alguna plaza del estado de Rhineland-Palatinate. Teníamos esas ocurrencias espontáneas de manejar hasta las ciudades más pequeñas. Estaba dando una pequeña conferencia frente al micrófono cuando alguien me acercó una nota que decía: “Böll ganó el Premio Nobel”. Lo incorporé a mi campaña. Incluso, resultamos ser defensores de la misma idea política.
Usted llega a una conclusión en su nuevo libro. Escribe que nunca se termina el “abrirse camino” ante las cosas, y que “hasta las historias tradicionales están destinadas a ser nuevamente contadas. Y luego de cada final, me di cuenta de que tenía más trabajo para hacer”. ¿Qué tipo de trabajo quisiera hacer ahora?
Luego de un período que ha durado muchos años, tengo que cambiar las herramientas y dedicarme nuevamente al grabado. Quiero crear nuevos grabados y puntas secas para mi novela para el quincuagésimo aniversario de la publicación de  Años de perro Las palabras de los Grimm, indudablemente, marcará el final de mis escritos autobiográficos. A mi edad, uno ya se sorprende si llega a la próxima primavera, y sé cuánto tiempo puede llevar completar un libro con un concepto épico.
¿Le teme al final de su vida?
No. Me he dado cuenta de que, por una parte, uno está preparado para eso. También me doy cuenta de que me produce cierta curiosidad. ¿Qué sucederá con mis nietos? ¿Cuáles serán los resultados del fútbol del fin de semana? Por supuesto, hay ciertas banalidades que quiero seguir viviendo. Jacob Grimm escribió una obra hermosa en su vejez, y también encontré la siguiente frase en otro de sus trabajos: “La última cosecha se encuentra en el tallo”. Me conmovió, e inmediatamente me hizo reflexionar sobre mi vejez. Al hacerlo, no le tuve ningún temor a la muerte. 

 

*Copyright Der Spiegel y Debate


 


Del tambor a los hermanos Grimm
Günter Grass tiene 82 años. Nació en 1927 en Danzig, la actual Gdansk de Polonia. Luego del servicio militar y de un período como prisionero de guerra, trabajó como labrador en una granja y como minero. Estudió arte en Düsseldorf y Berlín antes de dedicarse a escribir, aunque siguió trabajando como artista gráfico en el diseño de las cubiertas de sus propios libros.
Su célebre novela El tambor de hojalata se publicó en 1959. Junto con El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1965), forma parte de la llamada Trilogía de Danzig. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1999. Conmocionó a toda Alemania en 2006 cuando -en Pelando la cebolla, el primer volumen de su autobiografía- reveló que había sido miembro de las Waffen SS hitlerianas. Su nuevo libro, Las palabras de los Grimm -publicado por Steidl Verlag- es, según describe, una “declaración de amor”hacia los recopiladores de historias populares y lingüistas alemanes Jacob y Wilhelm Grimm.
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