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| El subrayado es mío |
| El cáncer sin metáforas |
| Por Maria Moreno La inercia tan temida de interpretar el cáncer como una falla personal o un
gaje del oficio, salvo varias excepciones mediáticas, parece haberse contenido ante la noticia del cáncer de tiroides de la Presidenta. ¿Hasta cuándo la vulgata psicológica y el tic serial del lenguaje periodístico impondrán su diagnóstico?
Por María Moreno |
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La enfermedad de la Presidenta pone en su lugar una palabra que ha sido lugar común como metáfora política y cuya causa se ha buscado en la razón psicológica o efecto de un estilo de vida con toda una historia cultural (si antes el cáncer se asociaba al enquistamiento de pasiones no vividas -“quien desea y no obra engendra peste” decía William Blake utilizando las metáforas de su época- ahora se lo interpreta como enfermedad del deseo ilimitado de poder). Fue Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas quien realizó la más sutil respuesta a esta psicologización del cáncer debido al cual quien lo padece no sólo tiene que sufrir la enfermedad sino también arrastrar la culpa de habérsela causado (suele decirse hizo un cáncer como si el enfermo fuera un obrero consciente y abocado a desordenar el crecimiento de ciertas células): “Con las enfermedades modernas (antes la tuberculosis, hoy el cáncer), se empieza siempre por la idea romántica de que son expresión del carácter y se termina afirmando que el carácter es lo que las causa, a falta de otra manera de expresarse. La pasión avanza hacia adentro, ataca y aniquila los recovecos celulares más profundos.” Groddeck, brillante discípulo de Freud, fue quien más contribuyó a esa teoría por la que un médico oncólogo sería un curador superficial, incapaz de enfrentarse a la causa profunda «por lo desagradable que es mirar dentro
de sí». Sontag nos recuerda cómo Groddeck llegó a interpretar el cáncer de mandíbula de Freud como el precio del goce culpable de amar la exposición pública, su propia magnificencia oratoria; luego su cita de un párrafo del diario de Katherine Mansfield, muerta de tuberculosis en 1923, se vuelve luminosa: “Mal día... dolores terribles, etc., y debilidad. No pude hacer nada. La debilidad no era sólo física. Debo curar mi Yo antes de poder sanar... He de hacerlo sola y ahora mismo.Es la raíz de mi incapacidad de mejorar. No controlo mi mente”. La precisión y los detalles lacónicos pero exactos sobre el cáncer de la Presidenta no tuvieron una especial respuesta imaginativa en la oposición y si algún semiólogo desafortunado pudo haber fisurado en algunas alegorías que recordaran a Eva Perón -asociación debilísima a hacer sólo a través de dos palabras “cáncer” y “peronismo”y, fácilmente interpretable para muchos gorilas deslizando la conjunción copulativa (y) a la contracción (del)- fue prudente. Sin embargo en la piadosa pregunta de algún movilero, en las entrelíneas de los antiK, se deslizaron asociaciones encadenadas en las cuales el cáncer no sería ajeno a la incidencia de un duelo reciente, al estrés inseparable de la conducción de un país. El periodismo, de formatos esquemáticos nunca revisados, suele googliar para hacer serie bajo un denominador grueso. Es por eso que se multiplicaron los retratitos de Hugo Chávez, Dilma Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva y Fernando Lugo con sus respectivas historias clínicas como en el fichero de un oncólogo. No faltó el título “La maldición de la reelección” ¿Cuál maldición? ¿La reelección o el cáncer en la posibilidad de reelección o como su interrupción? ¿Esperanzas en que una acción biológica actúe sobre la “maldición” de la reelección? Las fotos y los sintéticos recuadros hacían valer eso de que “una imagen vale más que mil palabras”. Del mismo modo que la nueva ley antiterrorista argentina no necesita definir al terrorismo como un cáncer para que la metáfora esté implícita en su aparente precisión y, sin embargo, preocupante ambigüedad . Y entonces el libro de Susan Sontag escrito en 1978 parece hablarle al Cono Sur de hoy : “Decir de un fenómeno que es como un cáncer es incitar a la violencia. La utilización del cáncer en el lenguaje político promueve el fatalismo y justifica medidas «duras» -además de acreditar la difundida idea de que esta enfermedad es forzosamente mortal. Nunca es inocente el concepto de enfermedad, pero cuando se trata de cáncer se podría sostener que en sus metáforas va implícito todo un genocidio. Ninguna tendencia política tiene el monopolio de esta metáfora. Para Trotsky, el estalinismo era el cáncer del marxismo; recientemente en China, la Banda de los Cuatro se había convertido, entre otras cosas, en «el cáncer de la China». John Dean explicaba lo de Watergate a Nixon con estas palabras:«Hay un cáncer ahí dentro, cerca de la Presidencia, y está creciendo”. En la retórica política argentina ha sido la infección y no el cáncer , la metáfora más frecuente: la nación es un cuerpo infectado que desde su fundación es preciso sanear mediante la regeneración celular o la cirugía radical (La locura en la Argentina de Hugo Vezetti es una exhaustiva investigación sobre el tema). Malones insurrectos a los tratados facciosos entre los que una winca puede aquerenciarse como la cautiva de Borges, Facundos en cuya pelambre insurrecta Sarmiento ve la cabeza de Medusa de la barbarie, tanos y gallegos cuyos pies deformes por el traqueteo laboral obsesionan a los escritores del 80 (avanzan, casi siempre con una canasta pero avanzan), cabecitas encocorados por derechos y goces, “subversivos” que seducen con la épica de una isla, guachines pletóricos de deseo pero de pasta nada salvo la base, militantes sociales que saben que un reclamo no se satisface, se reescribe una y otra vez. Cáncer e infección son utilizados como metáforas de proliferación, invasión, muerte para definir a un otro que plantearía “o él o yo”(La Nación en primera persona). Si hubo un cierto límite a la sobreinterpretación luego de la noticia del cáncer de Cristina, no habría que utilizar tan livianamente la palabra “terrorismo”. Cuando se utiliza sin más una palabra del enemigo, esa palabra no puede significar nunca lo mismo, pero no deja de agitar un fantasma en espejo negro, que contrariamente a los mitos sobre el cáncer, no es meramente piscológico, sino un grave error político. El viejo Lacan decía -y no lo decía sólo para los psicoanalistas-: “no hay otro bien que el bien decir ”.
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