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| Crónicas |
| Se vino la noche en el Mbareté |
| Por Cristian Alarcón Poco antes de terminar el año, el 6 de noviembre, un súbito ataque de gas pimienta logró cargarse la fiesta en la disco paraguaya Mbareté Bronco: hubo desalojo y devolución de entradas. Un tiroteo a la puerta del local Mburucuyá, minutos después, terminó con la vida de dos personas. La trama de lo que sucedió aquella noche, incluyendo la ambulancia que tardó en llegar y las advertencias en Facebook de la comunidad paraguaya, sigue en la oscuridad. |
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La noche de aquel sábado el Mbareté Bronco era una cumbia mexicana. Y Baltazar González, el conductor de radio, el DJ de la noche. Los tenía a todos en subida, a la espera del gran show del auténtico Bronco, el gigante de América, la banda que había venido desde México. Balti los meneaba desde la cabina con cachaca, ese ritmo deforme que viene de la cumbia colombiana, ida a Monterrey, y vuelta a bajar hasta Asunción. Es un poco más ruidosa, más aguda, una mezcla precaria entre lo tropical, la polka, el cuartetazo y el chamamé. Llegó a Paraguay en los ochenta, y se instaló en los noventa. En el 96 ya era un fenómeno en la televisión. Ahora los grupos que enloquecen a los paraguayos hacen giras que comienzan en Asunción, siguen por el interior del Paraguay y se extienden a Buenos Aires, la ciudad predilecta de los expulsados del país más pobre del Cono Sur. El gigante de América tiene su propia página, y en ella, los videos de su propio reality show. Esa noche, un sábado caluroso, la fiesta ardía cuando Balti notó algo raro en un grupo de varones que bailaban entre ellos. -Ésos no son de acá, nadie los conoce. Nomás mirarles los gestos, la parada, la actitud. A las dos casi en punto vio que el baile en el centro de la pista se volvía torpe, que la cintura de ellas perdía toda cadencia, que los bailarines se tapaban la boca y la nariz, se largaban como podían hacia las salidas de emergencia, se atropellaban, se caían, gritaban. Era inexplicable. Alguien había lanzado algo que olía mal, muy mal. -¿Qué es eso? ¿Qué es esa mierda? Me arden los ojos -gritaba una mujer. -Gas pimienta -se dijo para sí mismo Balti, que ya había abandonado la cabina del DJ y corría hacia el escenario para intentar calmar a la multitud desesperada.
GAS PIMIENTA Lo conocía de la noche porque muchas mujeres suelen tenerlo por seguridad. Se vende en un tubito pequeño que entra en cualquier cartera. Pero esto que habían tirado no era doméstico, era más bien una bomba de gas pimienta. Eso pensó. Eso se dijo. La estampida fue efectiva: en pocos minutos la mayoría salió por las salidas de emergencia. Una de ellas era la del patio. Así que más de 900 quedaron del lado de adentro. Muchos se fueron a sus casas, pero los que habían dejado sus autos estacionados en la playa de Bronco no lo podían creer: un grupo con cadenas y palos les destruía los vidrios, los focos, como matones a sueldo. No era nada personal. No discriminaban. Con la misma saña le daban a un Fiat 128 de los ochenta que a una camioneta nueva. El grupo mexicano que esperaba en los camerinos para salir a tocar emprendió la retirada: acostumbrados al voltaje narco de su Monterrey natal no se esperaban una escena así de violenta en Buenos Aires, una ciudad que, comparada con las mexicanas, es un monasterio hindú. Por las dudas, se alejaron apenas pudieron. La noche era joven, y ellos también, no caerían en una disputa de la que ni siquiera eran parte. Algo se tejía por debajo de la cachaca. Adentro Balti apagó la música y a los gritos se hizo escuchar desde el escenario. -Esto no es normal. Esto fue preparado por alguien. Los clientes estaban furiosos: el susto no era todo, eran fanáticos de El gigante de América, habían pagado sesenta pesos por verlos, y nada. -Enfrente tenía a unos quince que querían romper todo. No los conocía- recuerda Balti. Balti habló con el gerente del local. Le sugirió que lo mejor era reparar el daño. Le dieron el OK, volvió a enfrentar a la multitud. -Tranquilos por favor que Bronco hará todo lo posible por que ustedes no se vayan con las manos vacías. Se les devolverá la entrada -anunció. La gente aceptó formar una fila ordenada. De a poco se les fue entregando su dinero y salieron del Bronco sin mayores rasguños. Cuando todo se había calmado, cuando apenas quedaban en la disco los trabajadores de la noche, los que sostienen la vida de Bronco, llegó una llamada que confirmó todas las sospechas de Balti, ese mensaje que dio al público para calmar las aguas, aquello de que alguien preparó el ataque con gas pimienta. -Tirotearon la puerta del Mburucuyá. Eran las cinco y media de la mañana. A unos diez minutos del Mbareté Bronco la fiesta también se cortaba de súbito. Desde una cuatro por cuatro oscura un tirador vestido de blanco había disparado, por la calle Salta, a la entrada del boliche. Los dos patovicas estaban distraídos, y Walter Acosta, el bombero que por regla todo boliche debe tener entre su personal después de Cromagnon, se fumaba un pucho. Con una 9 milímetros dispararon ocho veces, casi vaciaron el cargador. La camioneta escarbó en el asfalto de la calle Salta, esquina Brasil, y se perdió en la zona más heavy y divertida de Constitución. GALLO, EL DE LA SUERTE En esa puerta, por suerte del lado de adentro del Mburucuyá, estaba Almindo Romero, el albañil de 26 años que llegó desde el pueblo paraguayo de San Pedro hace dos años a Buenos Aires y al que todos conocen como “Gallo”. Gallo es un pibe alegre que no perdió el gusto por la fiesta y la cachaca a pesar de lo que le tocó vivir esa madrugada. Su amigo de esa noche se había ido, medio mareado pero volvió. Se le puso al lado, pálido y le dijo: -Ya se mataron ahí afuera. -Eh? -Que se están tiroteando ahí afuera -le dijo el otro y se armó el tumulto entre los bailarines. La música, cachaca mexicana, también paró. Gallo vio a Walter desfallecer en la vereda. La ambulancia no llego jamás, dice. Es decir: llegó pero a las siete de la mañana. Gallo supo luego por el diario que Walter era un tipo excepcional, que lo habían despedido con guardia de honor sus compañeros de la estación de bomberos de Tapiales, que a los 44 años tenía cinco pibes. Al lado de Walter cayó otro cliente del Mburucuyá, uno que había salido a escondidas de su mujer y que terminó en el hospital con tres tiros de los que se salvó. Gallo sólo le vio dos: uno en el hombro y otro en la panza. Hay que sumar al laburante que se bajaba de un colectivo cuando le dieron un tiro en la mano. La noche terminó con una protesta de furiosos noctámbulos paraguayos que gritaban contra la policía y acusaban discriminación por la demora de la ambulancia. -Si no eran tiros en una disco de paraguayos habrían llegado a tiempo. No sabían que el bombero que se murió en la vereda era argentino -dice Gallo dos meses después del suceso. -Balti no conoce a Gallo. No sabe que es su fiel admirador, que se levanta como miles de miles por la mañana, pone la 107.5 y se siente como en su país. Que su guaraní bien hablado lo emociona y que ese domingo, después de la tragedia, lo escuchó en la radio, cuatro horas sin parar, poniendo polkas y aclarando, informando que lo que había pasado no era casual, pero que la fiesta continuaría pronto porque en Bronco y en Mburucuyá no dejarían que algo así volviera a ocurrir.
EL DÍA DESPUÉS Por ese homicidio hubo dos detenidos. Por el gas pimienta uno. Todo se investiga en una fiscalía que está de feria judicial y no se conoce aún qué concluye la justicia, qué tipo de trama hay detrás de los dos ataques del seis de noviembre. Para la comunidad paraguaya que lo dice todo en Facebook no hay mucho que dudar: se trató de una guerra entre empresarios de la noche paraguaya en Buenos Aires, pura competencia por el mercado. Cada grupo no sólo tiene sus discos, sino que también tiene sus radios. Son negocios que funcionan así: la disco más la publicidad garantizada por la FM que pasa polkas y cachaca y habla en guaraní. Balti salió entero del trance, y como si fuera por exorcizar el asunto, durante unas semanas se concentró en su nuevo negocio de alarmas y seguridad con su hermano. Se fue de la mañana de la FM Río y pasó a la noche. Se dedicó a avanzar con su nueva casa, las dos piezas que construyó en un terreno de un buen barrio de Ezeiza para dejar por fin la Villa Tranquila, donde vivió durante ocho años. Hasta que los reclamos de la audiencia fueron una locura y amenazaron con organizarse y cortar el Puente Pueyrredón. Al fin y al cabo el Mbareté Bronco está justo debajo de la autopista que sube al puente, viniendo de Avellaneda hacia la capital. Hace dos semanas Balti, el devoto de San Baltazar, volvió a su horario matinal. Volvió a poner música los sábados y los domingos de matiné.
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