¿Quién no ha dicho alguna vez “Tócala de nuevo, Sam”, “Siempre nos queda París” o “Éste es el comienzo de una larga amistad”? Las frases, se sabe, pertenecen a Casablanca, cuyo regreso a las pantallas de cine está previsto para julio, como parte de las celebraciones por el 70° aniversario de su estreno en 1942, cuando la guerra parecía interminable. Fue una película nacida para fracasar: la obra de teatro en que se basó nunca fue estrenada, los primeros actores elegidos fueron Ronald Reagan (tal vez el papel de Rick hubiera sido un obstáculo para llegar a la presidencia de Estados Unidos) y Ann Sheridan; el compositor de la película, Max Steiner se opuso firmemente a que “Según pasan los años” fuera el tema que identificara a los amantes; el guión fue reescrito varias veces durante el rodaje y, finalmente, Warner Brothers le ponía pocas fichas a la pareja protagónica. Ingrid Bergman recién comenzaba su carrera y era cinco centímetros más alta que Humphrey Bogart, quien se estrenaba como actor romántico, luego de varios papeles como gangster. Quizá esa desaprensión de la industria haya colaborado para convertirla en un clásico. Lo cierto es que Casablanca siguió siendo durante décadas el paradigma del verdadero amor, cuyo signo mayor sería el renunciamiento a la mujer amada. Es Ilsa la que quiere quedarse con Rick, pero él la impulsa para que emprenda viaje con su marido para ayudar a ganar la guerra. Con esta renuncia, Rick establece un límite entre el amor masculino y el femenino, y resuelve a favor del primero. Claro, las batallas son cosas de hombres. Pero lo interesante de la película de Michael Curtiz es que se ha convertido en un paradigma del romanticismo, al mismo tiempo que desmiente su principal aserto: que nada existe que valga más que el amor. Muchos hemos experimentado el efecto “Casablanca” alguna vez en la vida: el amor ha perdido su batalla contra otras razones, que tienen la rara astucia de mostrarse como más importantes, más trascendentes, más sólidas. Pero la película insiste en que el amor es un horizonte posible, las renuncias son siempre provisorias. París será una realidad cuando la paz esté hecha. Pero Rick ha decidido que lo mejor que puede hacer por su amada es fingir que la olvida. Darle libertad. Una idea que también reina, de manera más imperativa, en esa canción de Sting que dice: “Si amas a alguien, déjalo libre”. Ese doble juego del amor derrotado y, aun en estado de esperanza, es probablemente el secreto de la perdurabilidad del film. Siguió siendo, sobre todo para los hombres, una enseñanza de cómo ser dolorosamente heroicos en el territorio de lo privado. No hay que olvidar el hecho de que Rick no es un soldado cuando embarcarse rumbo al frente era el deber de todo buen patriota. En términos de Hollywood, al menos, la historia es muy extraña y revela una vacilación bastante sorprendente entre la voluntad de combatir al nazismo y refugiarse en la posibilidad de la felicidad personal, sin abandonar el lugar donde uno se halla. Pero no es fácil aceptar que el destino de Rick sea definitivo, que sus expectativas mueran para siempre. En Sueños de un seductor, una película escrita por Woody Allen y dirigida por Herbert Ross en 1972, el final es otro. Allen personifica a un reciente divorciado que empieza una relación con la mujer de su mejor amigo. El fantasma de Humphrey Bogart aparece para darle consejos de cómo abordar a la dama, finalmente lo impulsa a no dejarse vencer por las circunstancias y a pelear por ella. La película se cierra con una inversión del final de Casablanca: Allen logra que su amada no se suba al avión, retomando otra línea clásica del romanticismo hollywoodense: que hasta las últimas instancias el amor sigue siendo posible. Basta con recordar el final de El graduado, con Dustin Hoffman reclamando a los gritos en la iglesia que triunfe el amor durante la boda de su enamorada, y tantas otras donde el protagonista logra llegar al aeropuerto o a la estación de tren, cuando está por partir su amada antes de que todo se pierda para siempre. También aparece en Casablanca, aunque no sea su invención, una relación entre el lenguaje y el amor. A diferencia de lo que parece plantear Roland Barthes en el fragmento de un discurso amoroso, el verdadero amor, entre sus otras tantas renuncias, se baja de la palabra. El amante es mudo, en la versión yanqui, dice sólo lo imprescindible, las palabras sirven, sobre todo, para ser sobreentendido. Rick logra que su amor lo vuelva un ser realista, alguien que acepta, o que sabe que debe resignarse. Por el contrario, el francés sostiene: “El enamorado se separa del mundo, lo irrealiza porque fantasea; por otra parte, las peripecias o las utopías de su amor”. El amor, diría Barthes, nos saca del mundo, nos coloca bajo su propia órbita, una órbita generalmente insensata y muchas veces insoportable. Tengo para mí que tiene razón, que al amar se sale de lo que nos rodea, pero que la gran aspiración es poder bancarse el gesto de Rick, borrarse definitivamente para que la persona amada pueda encontrar un destino que no nos incluye. Tal vez Casablanca cuente una forma de amor de época, o para decirlo mejor, habla de una moral del amor, que tal vez ya no nos define, pese a que sus imágenes siguen ejerciendo una fascinación que atraviesa generaciones. Es probable que Rick e Ilsa sean aquéllos que no nos animamos a ser.
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