Actualizado: 03:14 - Jueves 23.02.2012
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Crónicas
Cuando pa Las Grutas me voy...
Por Cristian Alarcón Las Grutas tiene la fama de ser el balneario con las mejores condiciones geográficas y climáticas 
de la costa argentina, las aguas más cálidas y calmas, protegidas por acantilados. Allá va el cronista, pero sus razones para elegir estas playas, son otras, como pasa en las mejores familias.
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En la memoria tenía una gruta, una sola, 
profunda y helada gruta a la que le entraba la marea 
a determinada hora hasta inundarla como a un cuenco vacío. Éramos niños, o estábamos dejando de serlo -al menos eso queríamos creer. Los padres de la Escuela Cecilia Grierson, un grupo de ex alumnos y los pibes habíamos hecho rifas, feria de platos, torneos de truco, y habíamos mangueado a todo el barrio con un sistema chileno: el de los sobres. Escribimos una carta conmovedora en la que hablábamos de nuestra necesidad de conocer el mar y de darnos como premio un viaje de egresados, y la repartimos puerta por puerta. En Cipolletti, en el Alto Valle de hace veinticinco años, un viaje de egresados, a cualquier parte, así fuera un pueblo cercano, era una excepción, un lujo. El truco y los sobres rindieron: viajamos. Llegamos al balneario en un bus que tardó mucho porque se rompió en el camino, cerca de Río Colorado. Cada día salíamos del camping y enfilábamos a la playa, esa franja indeterminada de arena que ora es cubierta por el mar, ora se destapa. En la memoria Las Grutas era la iniciación: allí me enamoré perdidamente de un ex alumno, uno de los que habían ayudado a repartir las cartas del mar.
Llegar es pasar el desierto. Es ir hacia el Valle y volver por la ruta 251. Dejar poco a poco las colinas de Sierra de la Ventana -jamás por la ruta 3, siempre por la más larga, sin camiones y con paisaje-, y no perderse en las fantasmagóricas rotondas de Bahía Blanca que pueden sacarte hacia La Pampa, hacia Viedma, o hacia el valle, digamos que rumbo a Bariloche. El buen camino es hacia la ruta 22, y después de Río Colorado, hacia la izquierda vía General Conesa, un pueblo verde en medio de la meseta. Las Grutas emerge como una zona estéticamente conurbánica, con esa construcción a medio hacer que impera en la Patagonia, ladrillo tras ladrillo, portland sobre portland, sitiada por el viento, calurosa como el páramo, pero ahora, después de tanto tiempo, habitada como cualquier balneario masivo de la costa argentina. Lejos del pueblito de verano que fue, el balneario de la clase media rionegrina es un parque temático de la vida vacacional argenta: peatonal con comercios de ropa y artesanías, gastronomía al paso de todo tipo -abunda la pizza y el sándwich- y un casino con hotel cinco estrellas que termina de darle ese aire tan Las Vegas en sus remotos comienzos, cuando Las Vegas fue un tajo de capitalismo en el desierto americano.
Vuelvo al sur porque vuelvo a la familia. Desde siempre los Alarcón Casanova han veraneado en Chile, porque de Chile vinimos, porque en Chile estaban los abuelos y está aún Isaías Casanova a los 84 y los veinte tíos por lado y lado y los cientos de primos, tíos segundos, primeros, terceros. Porque nacimos en un pueblo hermoso, de colinas y ríos, y cercano a todos los lagos, y rico en jardines, en frutales, en flores, y porque al migrante le gusta volver, como sea, volver.  Eso era así en el pasado: el migrante también se queda, y un día se rebela y se da cuenta que todo el mundo va, supongamos que a la Costa, o al balneario que le toca, y él, no, él se va al terruño a ver y disfrutar de lo de siempre: las mismas caras envejecidas, el mismo cementerio al atardecer, las mismas margaritas y las mismas dalias para la tumba de sus antepasados. Mi madre decidió que este verano era para Las Grutas, que estas vacaciones serían argentinas. Invitó a su hermana menor, la otra mujer del clan de diez hermanos Casanova, Ivonne, nuestra tía deliciosa, la de las mil historias. A su marido, mi padre. Sin decirlo, a sus hijos. Allí nos encontramos dos de los tres que tuvo, y sumamos amiga, novio, ahijado. El que fue clan, vuelve al clan y si el clan se ha perdido en la niebla del invierno distante, lo vuelve a armar, con lo que encuentra.
Los padres, con la tía y el hermanito en un departamento. Nosotros, los falsos porteños con el niño por el otro, en un edificio muy David Lynch en Corazón Salvaje, en el límite exacto entre la ciudad de Las Grutas, y el campo yermo. Frente con arcadas, grande paredones perimetrales, piscina enorme en el centro, departamentos alrededor, espacio para la hamaca, camillas de plástico, niños, demasiados niños y una familia de obesos mórbidos muy simpáticos. Llegamos un domingo: la playa de Las Grutas se llena, en ese día más popular que ningún otro: no sólo están las familias prósperas de petroleros valletanos sino las menos prósperas  pero tampoco pobres de San Antonio Oeste, Conesa, o Viedma, a 200 kilómetros. La supremacía de los clanes más numerosos se calcula en cantidad de sombrillas por grupo. Los más organizados se forman en semicírculo, como en un nguillatún. Los falsos porteños caminamos por la orilla, sorteamos bañistas y salimos hacia un bar, en la cima de las grutas. Desde allí miramos el espectáculo inmenso de la playa multicolor desde uno de los bares, en la populosa bajada 1. La cerveza helada y la caída del sol, siempre a la derecha del mar y fulgurosa, atenúan el impacto. Si se eligió lo familiar, no salir corriendo, porque como le dice Vito Corleone a Johnny Fontane, el émulo de Frank Sinatra: “Un hombre que huye de su familia no es un hombre completo”.
El segundo día el cuerpo urbano recibe el primer remezón que comienza lentamente a ser ritmo: levantarse sin prisa, preparar los pertrechos, el agua del mate, la yerba, el libro pendiente, unos sandwichs para decirle que no a la increíble oferta playera que acosará sin cesar. Si se entra por la mañana la playa de la bajada 3 -que nos corresponde por vecindad- tendrá arena y mar. La marea sube pasado el mediodía, cada día unos cuarenta minutos más tarde. Al principio a uno se lo explican y cree entenderlo, pero no. Lo comprende recién cuando las olas comienzan a golpear suavemente los pies y los suministros y entonces hay que levantar campamento hacia las grutas, que están a nuestra espalda. Así unas dos o tres veces hasta que todos los habitantes de la playa deben acomodarse en una franja de unos cinco metros. Entonces, cuando parece que el mar tapará a la multitud, el mar baja, metro a metro, hasta dejar al descubierto una playa de dos cuadras de ancho. Allí, sobre esa arena húmeda, se dibujan cientos de canchas de tejo, de pelota a paleta, de fútbol. Allí, al fin, surgen como elevados por una máquina de 3D, los castillos. Como el de mi ahijado, hecho por su tía postiza: el más lindo en ese mar de castillos peronistas.
En ese gentío mi madre, una mujer a la que pocos sitios en el mundo podrían gustarle, se siente bien, se divierte con Ivonne comentando cada detalle de los que pasan y duerme unas siestas serenas. No le teme al sol, me sorprende volviéndose de un lado y otro, preocupada por cada centímetro de piel al que cubre con cremas de filtros altísimos. Mi padre hace crucigramas y juegos de mente comprobando que todo está bien, que el tiempo no le ha quitado nada de esa inteligencia de científico autodidacta que lo sacó del campo. Y juega con mi ahijado, que sin remedio le grita “abuelo, vamos al mar” y lo somete a pruebas inimaginables para él, un tipo sin nietos. Puedo contemplarlos y disfrutarlos con la misma paz, y eso, en cierto modo, sorprende en ese mundo de huérfanos del que yo hasta me había creído parte. Tan tranquilos los dos, que con amiga y novio, hacemos esfuerzos por dejar la masividad de las bajadas 1, 2, 3 y sus vecinas, para disfrutar de lo que consideramos, como buenos bohemios pequeñoburgueses, una verdadera playa: la playa solitaria. Existe, y está cerca, a unos cincuenta kilómetros, cerca del puerto de San Antonio. “Las conchillas” es infinita. Allí iremos, a sentirnos solos, algo que a mi madre le parece de un mal gusto total, estando en Las Grutas.
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