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| El subrayado es mío |
| El cielo enemigo |
| Por María Moreno El cielo ha muerto. ¿Dónde imaginar entonces, sin fe y sin más datos, el paradero de los desaparecidos durante la dictadura? En la novela El Dock de Matilde Sánchez, el hijo pequeño de una guerrillera que se suicida durante el ataque a un destacamento militar, construye su propio cielo. |
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El cielo por asalto o el cielo protector han perecido como metáforas junto con el cielo cristiano, impensable como promesa feliz sin que ningún niño 3D haya sopechado su eterno aburrimiento. Del otro lado está la ciencia y los científicos bromistas capaces de tomarle a Dante su cosmogonía como el astrofísico Alejandro Gangui quien sospecha que el autor de La Divina Comedia pretende aludir a la Cruz del Sur en vivo y en directo, algo imposible ya que vivir en un polo determinado permite conocer sólo -por más Dante que sea- la mitad del cielo. Más romántico es Gangui cuando le saca la edad a Beatriz: “Ahora bien, Dante nos indica que el ‘estrellado cielo’ había recorrido un doceavo (1/12) de grado angular en el transcurso de la vida de Beatriz. Una simple ‘regla de tres’ nos permite entonces calcular la edad que debía tener su amada en ese primer encuentro: 25.765 años x (1/12) / 360 = 6 años aproximadamente. Pero Dante también menciona que Beatriz se le apareció ‘casi empezando su noveno año’, esto es, Beatriz apenas si llegaba a completar sus 8 años de edad. Conclusión, el verdadero valor era 8; él calcula 6, lo cual representa un ‘error ’(una subestimación) de apenas el 25 por cierto: ¡nada mal por tratarse de un poeta”. ¿Qué es el cielo para los niños, hijos de la violencia, a quienes los que quedan, la ausencia de fe o con una fe sin zonceras en frisos, prohíbe usar el cielo como coartada?: Matilde Sánchez funda su novela El Dock en el suicidio de una guerrillera durante el ataque a un destacamento militar. Como en Esa mujer de Rodolfo Walsh, se trata de una ficción pero donde el saber del lector permite que éste acceda al texto con la clave de sucesos recientes y reconocibles. En el caso de El Dock, se alude al copamiento del regimiento de La Tablada por el grupo MTP (Movimiento Todos por la Patria). Aunque el escenario de la novela sea incierto y los nombres familiares de espacios, objetos y marcas sean cuidadosamente reemplazados por su descripción exhaustiva, ciertos detalles difundidos por la prensa durante enero de 1989, permitirán convertir el asalto al Dock en el interior de la novela, en un residuo periodístico que no autoriza, sin embargo, a exigir rigor en los datos y circunstancias y que, sin embargo, da cuenta de inquietudes sociales como qué relato a sostener ante los reclamos de los hijos de desaparecidos o cómo pensar la violencia veinte años después de 1970. Los tres mosqueteros, veinte años después es también el último libro que leyó la guerrillera Poly antes de participar en el asalto al Dock. Aunque la narradora no lo haga explícito, ese nombre, Poly, no sólo es una clave para despertar los recuerdos hasta que ella logre reconocer en el cuerpo agonizante que se arrastra ante cámara, un rostro querido de otro tiempo, sino que, al sospecharse su índole de homenaje, la prueba de que la amiga olvidada la había recordado en el momento de darse un bautismo solemne para sumir la acción, parece enlazarla con el legado de la muerta: un hijo. Mientras los sucesos del Dock se desarrollaban ante las cámaras, una vecina velaba por ese niño de edad indefinible pero seguramente no lejos de la adolescencia, obsesionado por las actividades científicas del Hubble, las potencialidades destructivas de las nubes de Magallanes y el futuro lejano pero calculable del congelamiento de la Tierra, que porta el nombre prestigioso de Leonardo. Será esa llamada “cómplice ocasional” quien entregará el niño para que El Dock sea la historia de una amistad desigual. Es que la voz que cuenta en El Dock es la de una mujer que no quiere saber nada de hijos e ignora los saberes de las madres, no como carencia lamentada sino debido a una elección personal, aunque su conclusión sea la de haber confundido la soledad con la libertad. Esta Poly que vive no quiere, en principio, romper su soledad, tampoco quiere irse de la vida del niño sin el legado de una “coartada poética” que le evite la devastación a causa de lo acontecido. No se le escapa que el cielo del Hubble es también el cielo de los niños y que establecer el fin de la Tierra por el congelamiento del Sol o choque con las Nubes de Magallanes es su manera de esconderse a sí mismo la muerte de la madre, fundiéndola con la desaparición del mundo y la muerte del planeta, que esa obsesión desplazada significa que la muerte de su madre es como la desaparición del mundo y la muerte del planeta. Luego de que se lo impulse a enterrar las cenizas de Poly en el Arboretum, de que partes de éstas vuelen a causa del viento, Leo imagina que van hacia las Nubes de Magallanes. Algo de la madre volvería a la tierra de forma aniquiladora, pero cuando él ya no viviera. ¿Una manera de reconocer a la madre como víctima y de relevar su posible venganza, al imaginarla? El Dock ofrece un modelo anárquico a la asumisión de un otro desvalido que no se hace ni a la manera de la maternidad ni de la adjudicación estatal mediante la adopción. La que va asentando su compromiso con el niño, habrá de hacerse de él, mediante un rito de fundación, un mito que restituya a la madre su lugar de irrelevable, destituido por su suicidio leído como olvido y abandono: la doble narradora, la del relato coartada y la de la novela, va desde la aceptación dubitativa de una guarda a la decisión de una amistad sin igualdad ni identificación. Porque la invención de la “coartada poética” corresponde a aquéllos que estén dispuestos, sino a ocupar el lugar de los ausentes, a acoger a aquél que es destinatario del relato. Se trata del argumento de la película El sacrificio, de Tarcovsky. Un escritor, un sabio o algo así, cuenta la narradora, tiene la visión de su casa destruida por una catástrofe, entonces intuye que algo terrible amenaza a lo que más ama en el mundo, su hijo, y decide hacer un sacrificio: la casa de madera que es símbolo y escenario de ese amor hasta hacer impensable a la una sin el otro. Sin embargo, no es cuando la narradora inventa y despliega esa coartada poética cuando aparece un relato posible que abra una brecha en la certeza del niño de haber sido abandonado sino al principio del libro “En el mundo sin niños no había nada peor ni más terminal que la propia muerte. Sin embargo, con la llegada de Leo, Poli había descubierto que la hipotética muerte del niño desplazaba ese límite hacia un umbral de dolor inconcebible, tan extremo que en él se disolvía el lenguaje. Poli apenas había podido vislumbrar el terror de los estragos de la tragedia en las enfermedades infantiles. Sin embargo, más allá de la muerte del niño no había nada, salvo el desierto de la tragedia, del que no ha regresado nadie. Un hecho simple, eventual, podía acabar con toda su vida mucho más que si ella hubiera muerto”. La decisión de vivir juntos, será también para la mujer, que suponemos joven, y el niño, maduro, la renuncia al incesto. Y si el viaje a la casa materna cita deliberadamente a Lolita en el juego de reconocer las marcas de los autos que se cruzan en la ruta, la mirada sensual que la narradora desliza sobre su compañero delimita el territorio a asumir tanto como aquel al que renunciar: “Estaba tendido boca abajo, con la cabeza escondida debajo de la almohada, y tenía una de las piernas flexionada sobre la otra, en ángulo recto. En esa posición, la tela de los pantalones sugería la redondez de sus nalgas, tirantes y llenas. De pronto, la fantasía de rozarlas muy despacio. El deseo, sin embargo, no obedecía a la perversión de los adultos, sino al delicado, leve erotismo de las madres hacia sus bebés, es decir, al afán de recuperar algo que el factor de una posesión, Poli poseída por Leo pero al mismo tiempo, al impulso natural del tacto que anhela experimentar una de las formas más perfectas de la suavidad”. La transgresión de El Dock radica en proponer un vínculo más allá de la ley y que rechaza ex profeso los modelos de la sangre. Si, como dijo Videla, los desaparecidos no están ni vivos ni muertos, puede seguir agregándose condenas a la violencia simbólica de la caterva estatal armada: deshacer la coartada del cielo -cielo, no el sentido más cuentero y general que jurídico: no hay sádico que le especifique a los niños si sus padres se han ido infierno o al purgatorio- también para los que, al suicidarse, lo habrían perdido, al adelantar el cuerpo a su derivación. De ser un niño menos grave, el pequeño Leonardo de El Dock, podría hacer como Orson Wells cuando era pequeño: levantar el puño al cielo y gritarle “¡Soy tu enemigo!”.
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