Actualizado: 03:15 - Jueves 23.02.2012
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Ligia en flor
Por Mariano Del Mazo Presentó hace poco su disco Las flores buenas, donde el jazz que parecía ser su sello, dejó paso a un repertorio de canciones latinoamericanas. Las razones de este cambio y de la ausencia de tango en su repertorio aparecen, como en una sesión de terapia, junto con recuerdos de infancia, la figura materna, el deseo propio.
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A esta altura, el rótulo “cantante de jazz” de Ligia Piro no es más que un estigma que quizás le lleve una trayectoria -una vida- desterrar. Si es que le interesa desterrarlo. Porque esta mujer tironeada entre sus deberes maternales, la mirada de Freud y una carrera en (más que) leve ascenso -carrera ejemplar en su diversidad y riesgo- contiene multitudes. Del más clásico music hall a Luis Alberto Spinetta. Esa decisión artística es el rasgo que la distingue. La evidencia es flamante: el último disco de “la cantante de jazz” está enteramente consagrado a la música latinoamericana.
Las flores buenas es un álbum producido por Popi Spatocco (histórico pianista y arreglador de Mercedes Sosa) y cubre un abanico rítmico panamericano. Hay perlas de Chabuca Granda (El surco y Las flores buenas de Javier) y Violeta Parra (La jardinera), piezas tradicionales (la cubana Drume negrito, la mexicana La llorona, la venezolana El monigote), un clásico de Chico Buarque (Construcción), folcklore argentino (Zamba para olvidarte de Julio Fontana y Daniel Toro; Lluvia y río de Teresa Parodi y Carlos Bergesio), una balada-bachata de Juan Luis Guerra (Coronita de flores), dos temas de rock argentino (Cinco siglos igual de León Gieco y Pétalo de sal de Fito Páez) y un tango, Nada, con una orquesta dirigida por su padre Osvaldo Piro, un mimo mutuo: si a un género es renuente Ligia, es al tango.
Ahora, en una charla de verano -barcito de Belgrano, split a tope, agua sin gas- con toques de elegante lunfardo, habla de eso, de sus críos Román (4) y Alex (1 año y monedas) y más. Está claro que no es sencillo ser cantante e hija de Susana Rinaldi. Está claro, también, que no es sencillo vivir de la música en la Argentina. Hay algo de obstinación y lucha en Piro; hay también un volcán en reposo en ese temperamento todoterreno que pasa de la seducción amable a la intemperancia ante alguna frase que le parezca injusta, siempre sin perder el tono cordial. Con ese marco, la brava y dulce Ligia habló de su presente, su pasado y el peso de una familia demasiado poderosa.

Las flores buenas salió hace varios meses. Cuando pasa un tiempo de la edición, ¿lográs tener una mirada o un oído diferente respecto de un disco?
Sí, sobre todo cuando lo canto. Hoy estoy más segura, más tranquila. Cuando grabás un disco tenés temores, intrigas. Las flores buenas es un disco que fluye, que está bien. A partir de  la presentación me ocurrió lo que le pasa a cualquier intérprete: empecé a cantar mejor. En el momento de grabarlo no lo tenía tan masticado…

¿Qué significa “cantar mejor” en música popular?
Atravesar distintos estadíos de interpretación, haber generado historias diferentes al contar lo mismo, tener claridad en el texto. Encontrar tu voz. Y encontrar tu voz es algo muy interno, que tiene que ver con lo físico. No lo podría describir técnicamente.

¿Por qué decidiste grabar ese espectáculo, que tiene mucho de visual, de teatral?
Porque era un show en el que había participado mi mamá… No me podía perder eso. Yo no pensaba grabar nada. Según pasan los años iba a ser sólo un espectáculo. Terminó siendo un disco y un disco glorioso, porque de los míos fue el que más vendió en el 2010, y hoy me sigue sorprendiendo.

¿Pensás que vendió porque estaba tu madre?
No, lo de mi vieja te diría que no tuvo nada que ver, porque el disco anterior iba primero en ventas y fue uno de canciones de amor, voz y guitarra, que hice con Ricardo Lew. Eran baladas de amor, canciones de invierno, todo en inglés.

¿Finalmente por qué te corriste del jazz?
 Me gusta hacer lo que se me canta. ¿Sabés que pasa? Buenos Aires es gigante, pero a la vez tiene techo. Yo quería llegar a gente que no me estaba escuchando. Llegaba a un público de elite. Según pasan los años fue un show intermedio, mitad jazz, mitad música popular. El punto de partida de lo que estoy haciendo ahora. Cantando sólo jazz sentía que me estaba cercando a mí misma. ¿Cuánto tiempo podría estar llenando el Maipo? ¿O el Astral, o el ND Ateneo? Todavía no me encontré con ningún jazzero enojado. Me encontré con gente que me dice: qué lindo el disco, te fui  a ver al Nacional, qué maravilla el espectáculo Las flores buenas pero… ¿vas a volver a cantar jazz?  Y me parece que es algo alucinante, que está buenísimo, que tengo que vivir agradeciendo todo lo que me pasó hasta ahora.


LAS CUERDAS ABIERTAS DE AMERICA LATINA


Liliana Herrero, que canta en tu disco una versión preciosa de “La jardinera”, dijo que la música que se está haciendo en la actualidad tiene que estar a la altura del momento político que se vive en la región. Me preguntaba si de algún modo que vos hagas un disco de canciones latinoamericanas, consciente o inconscientemente, no tiene que ver con esa idea…
Inconscientemente se acompaña una situación. Hay una tendencia a creer que Latinoamérica está más fuerte y unida que otras etapas históricas, a partir de que los presidentes son amigos e ideológicamente cercanos. Eso seguramente hace mella en los artistas, que son los que tienen la responsabilidad de captar los sentimientos que están a flor de piel en la gente. Ahora bien: yo quise grabar algunos autores que me venían rondando en la cabeza desde hace mucho. Uno de ellos es Chabuca. Todo lo que compuso Chabuca lo escribió por y para el momento histórico que vivía. Hacía críticas, opinaba sobre la evolución e involución del Perú, escribía contando historias de otros como Las flores buenas de Javier, que es un tema para el poeta Javier Heraud…. Creo que sí, que hay que acompañar el momento. Está bueno que así sea.

El hecho de cantar en tu idioma y  hacer ritmos regionales sería más una necesidad personal que ideológica…
Sí, tiene más que ver con una necesidad personal, con la necesidad de escucharme a mí misma cantar en mi idioma, y de sentirme menos ajena dentro de mi país. Yo no me quiero ir a vivir afuera. Yo adoro Argentina, a mí me gusta vivir acá, me gusta Buenos Aires, soy muy bicho de ciudad, me gusta ser porteña. A los 10 años escuchaba jazz y bossa nova… ahora que crecí, que tengo hijos, que formé una familia, siento que tengo que acompañar también ese crecimiento personal con el crecimiento profesional. Me da la sensación de que cantar en castellano es acercarme mucho más a lo que soy.


DIVAN, EL TERRIBLE


¿Qué te pasa con el tango?
No me pasa nada con el tango… Canté algunos…

Como dijiste que sos bicho de ciudad y obviaste olímpicamente el tango…
No me dedicaría de lleno a un repertorio tanguero. No me veo cantando tango.

¿Pensás que hay una cuestión psicológica ahí?
(Ríe) Yo voy a terapia. ¡Todo el mundo debe hacer  terapia! ¡Adoro a Woody Allen!

¿Cuál es el conflicto mayor, contable en una entrevista, de la relación con tus padres? Vos dijiste en algún momento que te molestó mucho que ellos te dejaran sola en la infancia.
 Sí. No los quiero criticar porque han hecho lo que han podido, como lo hacemos todos los padres. Lo que sí tengo claro es que mi generación es mucho más cariñosa y más presente que la de mis viejos. El tema es que ellos se separaron cuando yo no había cumplido cuatro. En esa época la separación no estaba bien vista. Yo era señalada con el dedito en el colegio. Mi hermano tenía casi dos años. Éramos muy chiquitos. El divorcio no existía como tal. Me acuerdo los quilombos que tenía mi vieja para sacarnos del país cuando tenía que hacer un viaje a Europa.

¿Cómo sos vos con tus dos chicos?
Yo tengo cuarenta años y hoy me llevo a mis hijos de gira. Vengo de Canadá y Estados Unidos y fui con ellos. Está bien que el más chico estaba en la lactancia, pero yo al de cuatro no lo dejo ni loca. No sé qué va a pasar cuando entren en edad escolar, pero no creo que haga viajes largos. Cuando mi vieja se separó de mi viejo las cosas eran muy diferentes. No se hablaba con los hijos de lo que pasaba en el divorcio, y hoy los padres hacen terapia para hablar con los chicos a ver cómo van a hacer…

¿Tu padre era más complaciente?
Hubo una etapa en que con mi viejo no nos vimos. Cuando recién se separaron nos veíamos el fin de semana, pero a mi viejo, que estaba en la lona total, le pintó un laburo afuera y se fue. Mi mamá estaba sola con los dos. Con mi abuela. Mi abuela fue una columna vertebral fundamental en mi casa. Cuando murió mi abuela materna yo sentí que se desmoronaba mi estabilidad, ¡y tenía casi treinta años!

Finalmente compartir “Según pasan los años” con tu madre fue como sacarte un peso de encima…
Sí. Y de pensar que un día mi vieja no va a estar y que yo me iba a arrepentir toda la vida de no haber cantado con ella en algo mío, en algo que provocaba yo. Yo canté en hechos artísticos que provocó ella, situaciones de espectáculos de verano o de armar un show a beneficio de una entidad… Pero ahora mi mamá entró en una etapa en la que está amenazando todo el tiempo con el retiro. La invité hace mucho tiempo. Pero no quería. Un año atrás me había dicho que no porque pensaba que yo la estaba invitando a cantar jazz. Casi la mato. Le dije: “¿cómo te voy a hacer eso?”. Más allá de todo, en lo artístico aprendí mucho de ella. Es una mina muy seria. Es una artista independiente. Labura con toda una carga de responsabilidad muy grande. Yo siempre critiqué su autoexigencia, aunque creo que tengo esa parte también. Pero bueno, hago terapia, hago yoga, soy más relajada, puedo canalizar por otro lado y decir:  “Me mandé un moco, soy humana”.

¿De tu padre qué heredaste?
La templanza, el no transar. Mi viejo es un tipo que se puede estar cagando de hambre, pero en la cuestión artística es inquebrantable. Es así, el camino es mío. Pero de ahí vengo, de mis viejos. Me guste o no.

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