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| La dama oxidada |
| Por Anthony Barnett La película de Meryl Streep sobre Margaret Thatcher despierta la reflexión del
fundador de OpenDemocracy y coeditor de su sección británica, Our Kingdom. |
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Estoy escribiendo la introducción para una nueva edición de Iron Britannia, el libro de 1982 que escribí sobre la política de la Guerra de Malvinas, cuyo 30º aniversario se conmemora este año. Esta tarea me llevó al cine a ver The Iron Lady ayer. Después de la película -¡cuántos recuerdos del pasado!- me invitaron al programa de Tony Livesey en BBC Radio 5 Live para debatir sobre el futuro de las islas. Participé allí junto a Mike Summer, miembro del reducido “consejo legislativo” a ocho mil millas de distancia. La causa inmediata fue la acusación triste, absurda y desmedida de David Cameron según la cual la Argentina estaba siendo “colonialista”, en tanto el primer ministro proclamaba la perpetua defensa británica de las islas si así lo deseaban los isleños. The Iron Lady es una película muy extraña y poco feliz, un montaje mal concebido de flash-backs envueltos alrededor de la extraordinaria actuación de Meryl Streep. En una de las mejores secuencias, Thatcher le cuenta a su doctor que en esos días las personas hablan de sus “sentimientos” y de cómo “se sienten”, cuando deberían estar preocupadas por lo que “piensan” y por “lo que hacen”. Ésta es la línea formal que adquiere The Iron Lady: lo que importa es que uno tenga “algo que hacer”. Sin embargo, toda la película trata sobre los sentimientos. Todo tiene que ver con cómo se siente ser Thatcher, y especialmente, cómo se siente ser una avejentada Thatcher luchando con un principio de demencia y “dejando ir” a su amado esposo, a quien conquista finalmente con un arranque triunfal de “acción”, pues “no hay nada malo conmigo”. Nacida a partir del estudio muy bien observado de una mujer orgullosa de fines del siglo XX y enferma en los albores del XXI, la actuación de Streep bien se merece un Oscar. Pero Thatcher podía ser estratégica: se manejaba con una sagacidad impresionante que no sólo era actitud y “convicción”. Eso no aparece en la película. En su lugar, su papel como mujer de la política está magnificado con una mezcolanza de confrontaciones discordantes y confrontaciones erróneamente retratadas. Y aunque Margaret Thatcher liberó estratégicamente una energía positiva luego de la negatividad de los setenta -un logro destacable-, la mandataria estaba muy equivocada: no debería haber cerrado tantas industrias británicas; no debería haber desperdiciado las enormes ganancias inesperadas del petróleo en el Mar del Norte; debería haber acordado un pacto de paz que desmilitarizara las Islas Malvinas; no debería haber roto la ética del servicio civil; no debería haber impuesto semejante “big bang” imprudente en la ciudad ni haber permitido la burbuja económica de Nigel Lawson. No me referiré a los sindicatos ni a los mineros porque son temas más complicados, en particular porque el líder de los mineros Arthur Scargill carga con mayor responsabilidad por la destrucción de los mismos. Respecto del poder, Thatcher explotó nuestra carencia de una Constitución apropiada. Barrió con el bosque decadente del viejo orden haciendo uso de su sabiduría para crear una versión del comando imperial que continuó Blair y que continúa dañando la cultura de nuestra democracia. Yo tuve dos encuentros con ella por esa cuestión. En mayo de 1989, logré que el grupo Carta 88 (ndr: grupo que abogaba por la reforma constitucional y electoral) le enviara una carta exigiendo una Constitución por escrito. Su respuesta, argumentada elegantemente con un destello de acero, incluía la siguiente cita: El gobierno considera que nuestros acuerdos constitucionales del presente continuarán a nuestro servicio y que los ciudadanos del país disfrutan del mayor grado de libertad, compatible con los derechos del resto y con los vitales intereses del Estado. ¡Ciudadanos, conozcan su lugar! Cuando tuvimos el segundo intercambio, Thatcher ya no estaba tan confiada. Una de las escenas más ridículas de la película es cuando Thatcher marcha seguida por una sección de hombres que tratan de seguirle el ritmo. Se trata de una caricatura innecesaria, incluso si tiene un toque de verdad. El episodio más improbable sucede en París al final de su mandato como primera ministra. Allí estaba Thatcher para presionar por una carta de derechos en la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación Europea en noviembre de 1990, que institucionalizó el final formal de la Guerra Fría y coincidió con el comienzo de la guerra de Medio Oriente porque Saddam Hussein acababa de invadir y ocupar Kuwait. Thatcher declaró que se debía elaborar una “Carta Magna” para los países del Este de Europa. En ese entonces, los primeros ministros británicos nunca daban conferencias de prensa, excepto cuando viajaban al exterior. Yo coordinaba Carta 88 y decidí seguir a Thatcher a París. Edmund Fawcett, de The Economist, me avisó que habría una conferencia de prensa en la Embajada Británica el lunes 19 de noviembre. La primera votación del Partido Conservador estaba programada para el martes, el día siguiente. La vista en la embajada era extraordinaria. Al final de una enorme sala de baile con ventanas del siglo XVIII que miraban hacia el interior del jardín de la embajada, había una mesa angosta. Entonces aparecieron cuatro personas. Eran el secretario de asuntos exteriores Douglas Hurd, el embajador, la primera ministra y finalmente Bernard Ingham, el famoso secretario de prensa de Thatcher y presidente del encuentro. Los tres hombres parecían sanos, bronceados y ricos. Thatcher, al contrario, estaba pálida y hacía muchos esfuerzos por mantenerse erguida. Thatcher abrió el diálogo hablando sobre el desarmamiento y el final histórico de la amenaza de un sorpresivo ataque de parte de la Unión Soviética. Las preguntas que vinieron inmediatamente tenían que ver con la competencia por el liderazgo. Se pueden leer en el excelente website de la Fundación Thatcher. Me sorprendió cuando, en respuesta al Daily Mail, Thatcher dijo que iba a estar en el poder una semana. “¡Sólo una semana!”, pensé yo, asombrado, “¿qué sabe ella que yo no sepa?”. Crucé una mirada con Ingham y decidí arremeter directamente:
Cuando le pidió a la Cumbre que proclamara derechos afianzados para toda Europa, ¿por qué no estuvo de acuerdo con Carta 88 en el sentido de que deberíamos haber afianzado los derechos en el Reino Unido? Estamos en esta Cumbre para sancionar derechos para Europa. Nosotros fuimos los primeros, creo, que le pedimos a la Comunidad que extendiera la democracia a los otros países, incluyendo Europa del Este. Creo que es absolutamente importante que se unan a nosotros si quieren hacerlo, y es probable que algunos países de Europa del Este se unan al Consejo Europeo antes de hacerlo a la Comunidad Económica Europea. Cuando pronuncié las palabras “Carta 88”, Douglas Hurd se estremeció. Thatcher estaba inmóvil y continuó con su serie de respuestas evasivas -como la que me dispensó a mí-, en las que estaba muy bien entrenada. Pienso que al menos yo podía decirles a mis nietos que le había dado un golpe certero. Luego invitaron a Sky a continuar con sus preguntas. Cuando le preguntaron si estaba escribiendo sus memorias, Thatcher dijo “No todavía”. A los tres días, ya había comenzado a hacerlo.
Traducción: Ignacio Mackinze Copyright by OpenDemocracy
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